Vacaciones de verano para ti…

(Foto: Le Petit Voisin / Autor: Duncan Harris / Fuente: Flickr)

Ya está aquí el veranito y, querido lector, no estarás pensando en otra cosa que en las vacaciones que te vas a pegar, ya sean megas o minis, y mientras… pues te distraes tomando una cervecita en alguna terraza de bar, a la fresca… Lo de la fresca es un decir, bien sûr !

Y sí, aquí en Toulouse ¡también hay terraceo!

Vale, aquí no hay tapa. Y tampoco existe el concepto caña y te tienes que tomar mínimo medias pintas. Pero hay terrazas y buen rollo también, como en España 🙂 así que hay que aprovechar, jejeje

Y durante el periodo estival… pues yo también me lo tomaré con calma, ¡que me lo he ganado! ;-P

Pero no quiero que te despistes, todavía tengo que contarte muchas cosas. ¡Que el Orgullo ha dado para mucho!

Operación: ¡Rescate!

Cerré la maleta.

“Orgullo, ¡allá voy!”, exclamé. Y me puse a batir palmas.

Marta me miró desde el umbral de mi habitación, apoyada en el marco con los brazos cruzados.

“A ver si esta vez te comes algún rosco, cari”.

“Dios te oiga, hija mía”.

Tiré de la maleta y la bajé de la cama al suelo.

“¿No te dejas nada?”.

“Lo llevo todo”.

No hice ningún repaso mental. Estaba demasiado excitado para pensar en nada. Sabía que llevaba el billete de avión, mi documentación y dinero. Lo demás ¡se podía solucionar en Madrid!

“¿Te va a buscar Ricardo al aeropuerto?”, mi amiga me seguía por el pasillo de mi casa mientras yo tiraba de la maleta.

“Sí”.

“A ver qué panorama te encuentras…”.

Me quedé plantado ante la puerta de entrada.

Las últimas horas de preparativos de mi viaje al Orgullo Gay de Madrid me habían sumido en un dulce frenesí de excitación, y me habían hecho olvidar la situación real: mi amigo Ricardo hundido porque estaba enamorado de un hombre casado.

Toda la semana anterior, Marta y yo habíamos estado hablando de que mi estancia en Madrid debía servir principalmente para levantar el ánimo de nuestro amigo. Decidir por él no podíamos, pero ayudarle a distraerse sí.

Desde entonces mi viaje al Orgullo de Madrid se me había antojado una especie de OPERACIÓN DE RESCATE.

 

(Foto: Riminicomix – 2011 / Autor: M@rcello;-) / Fuente: Flickr)

Bajamos a la calle y metí la maleta en el coche de Marta. Cuando tomábamos asiento, ella volvió a hablarme.

“¿Crees que Ricardo seguirá con ganas de subirse a la carroza?”.

“La última vez que hablé con él me dijo que ese plan seguía en pie”, me puse el cinturón. “¡Y más le vale!”, añadí.

Dentro de mis “tres cosas que hacer en la vida antes de morirme”, en el TOP 1 estaba esa. ¡No iba a dejar escapar esta oportunidad!

Subirte a una carroza del Orgullo puede servir para muchas cosas:

  • Reivindicar tu propia visibilidad saliendo del armario públicamente. (Requetepúblicamente, diría yo)
  • Defender los derechos de gays y lesbianas para que se nos oiga. (Si vais con esta intención, coged aunque sea una pancarta pequeñita con el lema del año en vigor, s’il vous plait).
  • Disfrutar de la fiesta desde lo más alto, en plena salsa. (Para una marica presumida como yo, que llevaba años viendo la manifestación desde el suelo, bailar subido en una carroza era ¡la cúspide!).
  • Verte por una tarde rodeado de chulazos en bañador (ohlala!), siempre y cuando no te confundas y te metas en una carroza de bolleras.
  • Y lucirte ante miles de maricas y hacerte publicidad para ver si con suerte te cae algo luego. ¡Ñam, ñam! (Imprescindible: ir ligero de ropa y haber practicado previamente el guiño pícaro durante semanas delante de un espejo, para poder hacerle el gesto con estilo a cada rostro que te mire desde “ahí abajo”).

Eso, entre otras muchas cosas, por supuesto.

Yo no tenía claro por qué me subía. Quizás era el mero hecho de dejar atrás mi vida de mojigata despechada y salir al orgullo con idea de comerme el mundo. Pero creo que así salí el año pasado y tampoco me dio buen resultado.

Daba igual. Que cayeran en nuestras manos unos pases para una carroza había sido un milagro y no iba a dejar escapar la oportunidad, ¡he dicho! Again!

Marta volvió a sacarme de mis pensamientos.

“¿No resulta un poco irónico que Ricardo se vaya a subir a una carroza cuando el amor de su vida es un tío armarizado, casado con una mujer, y con dos hijos?”.

Levanté las cejas, abriendo los ojos como platos ante semejante planteamiento.

“Quizás sea como el rollo ese del yin y el yang. O lo polos que se atraen…”, dije.

“O como el agua y el aceite…”, puntualizó ella.

No supe qué replicar.

“De todas formas es que Ricardo lo ha hecho mal de todas, todas”, murmuré al fin. “¿A quién se le ocurre enamorarse dos semanas antes del Orgullo? Eso te tiene que cortar todo el rollo…”.

“Te lo corta a ti, cari, que eres una romántica”, Marta conducía con destreza sacándome de Toulouse. “Habrá cientos de tipos en esa situación que no tengan tantos reparos”.

“Intuyo que Ricardo no es de esos…”, murmuré.

“Tu misión es emborracharle y que se suelte la melena. Luego… ya se verá”.

Días atrás, cuando Marta y yo habíamos hablado de esa idea, me había sonado a antídoto para mi amigo. Pero en aquel momento me sonó a plan maléfico, como si fuéramos las hermanastras de Cenicienta urdiendo un plan para fastidiar la vida de Fer…

Cuando nos despedimos en el aeropuerto, Marta me dio un fuerte abrazo.

“Pasadlo bien. Disfrutad a lo grande, y haced fotos y vídeos. ¡Quiero verlo luego todo, maricones! ¡Qué envidia me dais, cari!”.

Sabía que se quedaba con ganas de venir. Pero hasta hacía unas semanas este Orgullo se presentaba como un momento histórico para Ricardo y para mí, y ella había optado por dejarnos disfrutar a lo “exclusivo marica”.

Yo sabía que la echaría de menos.

El aterrizaje en Madrid me recibió con la habitual bofetada de calor de estas fechas al bajar del avión, y cuando llegué al parking donde me esperaba Ricardo, yo ya estaba sudando como un pollo.

Mi amigo había hecho un cambio radical de look y se había dejado barba, portando además unas gafas de sol que le tapaban media cara.

Sonrió al verme y me dio un abrazo.

Nos quedamos así un rato, sin decir nada.

“¿Estás bien?”, pregunté, cuando nos miramos otra vez a la cara.

Hizo un amago de sonrisa.

“Estoy”.

Y dio la vuelta al coche para meter mi maleta en la parte trasera.

“¿Y este nuevo look?”, pregunté, una vez dentro del vehículo, sin entender por qué mi amigo se había dejado aquellas pintas, que no le sentaban especialmente bien.

“No sé, me apetecía un cambio de aires…”.

Aquella respuesta no me convencía y de pronto caí en la cuenta.

“Tú vas de incógnito, perra”, hasta se me descolgó la mandíbula de la incredulidad. “Te da vergüenza que alguien te reconozca subido en la carroza del sábado y por eso te has dejado esas pintas”.

Ricardo se limitó a mostrar una media sonrisa mientras sacaba el coche del parking.

Al abandonar la zona cubierta del edificio de hormigón, el sol nos bañó por completo. Gracias a dios que el aire acondicionado del coche funcionaba rápido.

Me puse mis gafas de sol. Tanto tiempo en Toulouse, que mis ojos se habían deshabituado a semejante chorro de luz.

Ricardo me miró un instante.

“Bueno, ¿qué? ¿Preparado para otra semana de fiesta en el Orgullo?”, dijo, haciendo caso omiso a mi queja anterior. Sonrió más abiertamente y volvió la vista al frente.

“Yo sí, ¿y tú?”, mi pregunta no estaba exenta de significado.

Se echó a reír y soltó un suspiro.

“Sí, yo también”.

“Pues prepárate, que vengo con las pilas cargadas”, exclamé, sonriente.

 

(Foto del pase de diapositivas: Float in the sand / Autor: Lady Madonna / Fuente: Flickr)

Reamueblamientos

Tras la confesión de mi amigo Ricardo sobre su aventura con el tipo casado, me había quedado sin palabras.

Cuando uno piensa en sus seres queridos, siempre desea lo mejor de lo mejor para ellos.

¿Era aquella relación lo mejor para Ricardo?

“Es problema del tipo casado”, me dijo Julien, cuando expresé con él mis preocupaciones por mi amigo. “Si él rompe las reglas de su relación de pareja, es un problema suyo con su pareja. Y deja que tu amigo Ricardo disfrute”, hizo un gesto con la mano, quitándole importancia.

Esa era la filosofía de mi amigo francés: si a él se le ponía un hombre a tiro, se lo follaba. Si ese tío tenía pareja y no eran pareja abierta, era problema suyo.

“La cosa es que Ricardo empieza a estar enamorado de ese tipo”.

Las cejas de Julien se arquearon.

“Entonces el problema lo tiene tu amigo Ricardo ahora”.

¿Podemos domar el corazón y hacerle entrar en razón cuando se nos desboca de semejante forma? Para mí, con una visión tan idealizada del sentimiento del amor, ¿era sensato tirar de sus riendas y detener semejante descalabro?

O por el contrario, abanderando su estandarte, ¿uno debía luchar contra viento y marea por esa relación?

Amor y sensatez, ¿son compatibles?

 

(Foto: Balloon / Autor: Cintia Fournier / Fuente: Flickr)

 

Reunidos en mi casa, Marta y yo habíamos organizado un gabinete de crisis que había solicitado mi amigo Ricardo. Sentados en el sofá, nos conectamos a Skype, donde nos esperaba él ya desde Madrid.

Tras unos minutos de divagaciones sobre el tema, Marta se puso seria.

“Tienes que tomar una decisión”, dijo, “Y en cualquiera de las dos opciones te tienes que liar la manta a la cabeza”.

Ricardo hundió los hombros y apoyó la frente sobre el tablero de la mesa de su escritorio.

Viendo su cogote, me pregunté si aquel proverbio chino tendría aplicación aquí: cuando solo tengas dos opciones, busca una tercera.

¿Era realmente así? ¿Había más opciones? ¿O acaso la vida no era más que un compendio de elecciones entre A o B? ¿Subir o bajar? ¿Avanzar o retroceder? ¿Desátame o apriétame más fuerte?

 

(Foto: Diva / Autor: Rakel Sánchez / Fuente: Flickr)

Ricardo alzó la cabeza.

“Pero, no veo nada claro, y así no puedo tomar ninguna decisión”.

Marta se cruzó de brazos.

“Ricardo”, le miró fijamente por la cam, “está casado”.

Mi amigo bajó la mirada.

Yo vacilé. Tampoco era partidario de poner en peligro un matrimonio, pero, ¿y si para Ricardo era el amor de su vida?

“¿Qué sientes cuando piensas en dejar de verle?”, pregunté.

Ricardo me miró con ojos vidriosos. Se me encogió el corazón cuando rompió a llorar.

Noté que Marta se estremecía a mi lado.

“Tranquilo Ricardo”, le dijo con ternura, inclinándose sobre mi hombro y mirando fijamente a nuestro amigo por la cam.

Mientras Ricardo se secaba las lágrimas con el dorso de la mano, me volví a Marta.

Ella apretó los labios y bajó la mirada también. Ricardo no necesitaba que le empujáramos más contra las cuerdas.

Desde un punto de vista distante y aséptico, entrometerse en un matrimonio era una falta de respeto. Aparte de meterse de lleno en un pifostio, claro.

Pero desde un punto de vista emocional, que seguramente era como lo veía Ricardo, era pasión e ilusión. Era luchar por algo auténtico. Todo lo auténtico que pueda ser algo tan intangible como el amor…

La sociedad (y hablo de la española) ha evolucionado sustancialmente en tres generaciones:

En la generación de mis padres, plantearse siquiera enamorarse de una persona casada era echarse las manos a la cabeza y temer arder en el infierno.

Ahora las nuevas generaciones no van pensando en romper matrimonios a mansalva, pero son conscientes de que no es un compromiso sagrado.

Y luego estamos la generación de en medio: nosotros. Se nos inculcaron valores tradicionales y se nos dejó luego sueltos en una sociedad que no hacía más que abrir puertas y más puertas hacia nuevas fronteras.

¡Nosotros no paramos de reamueblar la cabeza, coño!

Cuando oigo a la gente hablar preocupada por los efectos de los videojuegos violentos en los niños de hoy en día, porque estamos criando niños sin sensibilidad emocional, me planteo si eso será realmente malo. Nosotros hemos crecido machacados por una cultura emocional y nos enfrentamos a conflictos. ¿Y si los jóvenes de hoy en día estaban liberados?

¿Podía ser más nocivo ver una película de Disney que jugar al Call of Duty?

 

(Foto: Call of Duty – Black Ops – RealTime Screenshots / Autor: Shai Barzilay / Fuente: Flickr)

Cuando Ricardo se hubo calmado, y después de haber estado hablando con él, tuvimos que dejar la charla por cam para seguirla otro día. Nos despedimos con muchos besos y una extraña quemazón en la boca del estómago.

Marta se quedó a cenar en casa.

“Me parece muy mal que el tipo ese se acueste con vuestro amigo a espaldas de su mujer”, dijo Cyril, en francés, cuando salió el tema en la mesa.

Si hubiéramos estado en Madrid, Marta y yo nos habríamos callado como tumbas, pero estando en Toulouse soltábamos todo por la boca.

La frase de Cyril me produjo sentimientos enfrentados. Sí, ese hombre estaba engañando a una persona. Pero estaba buscando su felicidad…

¡Dios mío! ¿Estaba justificando la infidelidad?

“Creo que se me está yendo la pinza con este tema”, murmuré.

“Yo también tengo claro que ese tipo debía haber dejado a su mujer desde el momento mismo de decidir que quería tirarse a un tío”, dijo Marta, aliñando la ensalada mientras yo servía la pasta en los platos. “La cosa ahora es ver qué debe hacer Ricardo”.

“¿Y por qué no podemos ver qué quiere hacer Ricardo?”, dije, tomando asiento.

Marta volvió a apretar los labios.

Cyril me miró.

“Parece que estás a favor de que tu amigo se entrometa en un matrimonio”, dijo.

¡Yo no estaba a favor de nada!

¿Debía uno posicionarse siempre ante un tema? El aborto; la ley Wert; los toros; el burka en los colegios sí o no; la independencia de Cataluña; la del País Vasco; los alimentos transgénicos; el fracking; la guerra de Crimea; ¿iPhone o Android?

¡Pero si había días que me quedaba en blanco frente al armario sin saber qué ponerme! ¡¿Cómo coño iba a tener opinión sobre cosas que ni me afectaban?!

¿Tenía el cerebro un límite de reamueblamientos?

La cabeza me daba vueltas.

Y si yo tenía semejante comedura de tarro, ¿qué diablos estaba pasando el pobre Ricardo?

(Foto: Emoji-4 / Autor: TaylorHerring / Fuente: Flickr)

Pillado, pillado

“Tengo que contarte una cosa”.

Era Ricardo, que me mandaba un whatsapp con aquellas sencillas palabras. Pero Ricardo solo tenía “cosas que contarme” cuando eran algo MUY interesante. Y dado que con el fijo francés teníamos llamadas gratuitas a fijos españoles (no me preguntéis por qué en Francia tienen tarifas de móvil y fijo que les dan mil vueltas a las españolas), él esperaba que yo le llamara.

Yo estaba en el súper haciendo la compra y me faltó poco para soltar la cesta en mitad del pasillo y salir corriendo como una posesa a mi piso.

Cuando entré en casa, solté las bolsas en la cocina y le pedí a Cyril que guardara la compra. Me miró con cara atónita, pero yo ya corría al salón a coger el teléfono y marcar el número que me sabía de memoria.

“Cuuuueeeeentaameeeee!!!”.

Un instante de silencio y…

“Me estoy viendo con un casado”.

 

(Foto: Sorpresa / Autor: mbeo / Fuente: Flickr)

Fue así, a bocajarro.

Una de las cosas que quizás antaño hizo que Ricardo y yo nos entendiéramos tan bien cuando nos conocimos y empezáramos a salir por el ambiente juntos, era que ambos compartíamos una visión parecida de la vida, y unos principios en cuanto a relaciones de amistad y con los ligues.

Y uno de esos principios era el respeto por no meter las narices en relaciones ajenas.

“¿Son pareja abierta?”, pregunté. Aquella era la única excepción posible a nuestra regla.

“No me has entendido, Fénix. Está casado con una mujer, y tiene dos hijos”.

Me quedé mudo.

“Ya sé lo que me vas a decir y no quiero que lo digas”, se apresuró a decirme, “porque el problema es más gordo aún… Creo que me he quedado pillado de él”.

Me dejé caer en el mullido sofá, sintiendo que me hundía entre los cojines.

“Pero… ¿cómo ha pasado?”

Un suspiro al otro lado de la línea.

“Pues… no sé, conoces a un tío por Grindr, te mola, te dice que tiene pareja, pero para cuando te lo dice ya te mola demasiado… y ahora estoy completamente pillado”.

“Pero, ¿pillado, pillado?”.

Pillado, pillado”.

No hace falta que te diga, querido lector, cómo sonaban aquellas palabras en mi cabeza.

Ya he hablado en este blog de perfiles de tíos que, pese a tener pareja (sea chico o chica), se saltan las normas de su relación. Algo así como jugar fuera del tablero. Pero, ¿que pasaba si nosotros accedíamos a jugar fuera del tablero con ese tipo de personas cuando nos las topábamos?

¿Dónde estaba la línea roja cuando hablábamos de matrimonio con hijos?

“Te estás metiendo en terreno resbaladizo…”, fue lo único capaz de articular.

Un suspiro al otro lado del teléfono.

“Verás, Fénix…”, noté que a Ricardo le temblaba la voz. “Es que… creo que él está enamorado de mí, y yo me estoy enamorando de él”.

No sé si fue por ver que mi amigo se abría de aquella forma a mí, o por darme cuenta de cómo se le complicaba la vida con aquellas palabras, pero lo cierto es que se me partió el corazón.

¿Dónde estaba la línea que diferenciaba el ser un romántico y el ser una lagarta?

 

 

(Foto: “Super 8 vintage music” / Autor: Santiago Sito / Fuente: Flickr)

Así no se lo podía soltar a Ricardo.

“¿Dónde ha quedado aquello de no complicarnos la vida?”. pregunté.

Cuando Ricardo y yo estábamos solteros, antes de yo conocer al que sería mi sufrido ex, ambos teníamos una máxima:

Hay más tíos que longanizas. No nos vamos a complicar la vida por uno.

Nos sentíamos en plan Femen, pero sin enseñar las lolas.

 

(Foto: Nosotras parimos, nosotras decidimos / Autor: gaelx / Fuente: Flickr)

Y esa máxima se la aplicábamos a tíos que no tenían las cosas claras. Pero también a aquellos que jugueteaban con las drogas; a los que estaban sumergidos en relaciones personales complejas; a los que tenían problemas con la ley… Vamos, a todo aquel que llevaba una vida en plan Lindsay Lohan.

“No sé. Quizás me pilló con la guardia baja”, dijo.

Y no pude replicarle. Porque nuestra máxima, que enarbolábamos a diestro y siniestro cuando éramos solteras independientes, tenía un punto débil:

Que cuando te daba por un tío, TE DABA de todas formas.

Qué fácil era decir que los tíos te daban un poco igual con la boca bien grande… hasta que llegaba EL TÍO, y te tenías que tragar esas palabras.

“¿Y no será que estás emocionalmente necesitado y te estás aferrando a cualquier cosa?”

Pienso que en la vida a veces los amigos debemos ser un poco hijos de puta con nuestros propios amigos. Y, lo siento por la palabrota, pero creo firmemente que en aquel momento yo debía serlo con Ricardo.

La mente fría que podíamos lucir cuando estábamos en la cresta de la ola: con una vida social satisfactoria, con la autoestima firme (que no alta, precisamente) y sintiéndonos queridos por amigos y/o familiares, podía tropezar cuando las cosas nos iban mal. Si los asuntos en el trabajo se torcían, si nadie salía los fines de semana, si tu autoestima la tenías por los suelos y encima amigos y/o familiares no te hacían muestras de cariño, era muy probable caer rendido a los pies del primer tipo que nos hiciera caso.

¿Hasta que punto podía estar Ricardo emocionalmente necesitado como para sumergirse en semejante berengenal? Me sentí culpable por haberme venido a Francia y haberle dejado allí, en cierta medida solo en Madrid…

“Yo estaba bien, Fénix, te lo juro”. Hizo una pausa. “Esto que siento… es amor del bueno”.

¿No eran ya suficientemente complicadas las relaciones, como para encima involucrarse en una que contenía un hombre armarizado, casado y con hijos? ¿Aquello era un reto para el amor, o una tragedia griega escrita de antemano?

Pero, claro, aquellas preguntas no eran las que necesitaba escuchar Ricardo en aquel momento.

“¿Te trata bien?”, pregunté.

Como nunca nadie me ha tratado”.

Mamá moderna

Mi madre es muy moderna.

Cuando salí del armario, el rumor debió correr como la pólvora en mi barrio de Vallecas. Y ella, ni corta ni perezosa, se lo confirmó un día tomando café a sus amigas.

Las miró, con los ojos entrecerrados a través de la nube de humo de su cigarrillo, y dijo:

“Mi hijo es maricón, ¿y qué?”

 

(Foto: Greta Garbo / Autor: Piotr Wojcicki / Fuente: Flickr)

 

Sí, porque mi madre no es de las que dicen gay con A. Ella es tan moderna que se atreve a usar la palabra maricón hasta delante de mis abuelas. Lo que a mí a veces me deja to’loca.

Sin embargo, por muy moderna que sea una madre, hay cosas para las que no está preparada…

En Navidades ella se empeñó en invitar un día a Ricardo y a Marta a comer a casa. Y a mis amigos siempre les mola la idea. Como no es su madre, a veces la ven como una amiga más. Estoy seguro de que un día de estos la van a llamar tronka.

No me digáis por qué, pero ese buenrollismo entre mi madre y mis amigos encendía todas mis alarmas, algo así como cuando veías la solicitud de amistad de tu madre en Facebook.

Mi padre trabajaba, así que estábamos los cuatro comiendo solos.

“¿Estáis haciendo ya planes para el verano?”, dijo mi madre, visiblemente contenta de tenernos a todos allí, “Que sé que los jóvenes de hoy en día buscáis ofertas de viajes ya desde primeros de año”.

“Todavía no tenemos nada en mente”, dije.

“Sí que tenemos algo ya”, dijo Ricardo, echándose más vino.

Le miré.

“¿Ah, sí?”.

Él me miró como si se me hubiera olvidado algo de vital importancia. Luego se volvió a mi madre y le dijo.

“Este Orgullo nos vamos a subir a una carroza en la manifestación”.

¡Eso no se lo digas, coño!

Marta se quedó con el bocado de pasta a mitad de gaznate.

Mi madre me miró.

“¿Te vas a subir a una carroza?”.

(Foto: Gay pride 333 – Marche des fiertés Toulouse 2011.jpg / Autor: Guillaume Paumier / Fuente: Flickr)

 

Quizás nadie en aquella mesa a parte de mí podía identificarlo, pero había un deje de desaprobación en su voz.

“A lo mejor… pero que no es seguro, ¡eh!”, apunté.

“¿Cómo que no? Si ya tenemos las pulseras de acceso”, añadió mi amigo.

“Igual dejas ya de beber vino, Ricardo”.

“¿Tú también vas a subirte?”, mi madre se había vuelto a Marta.

Mi amiga bebía agua para bajar la comida como podía. Tragó y se apresuró a contestar.

“Yo ahí no me subo ni loca”.

En realidad a Marta una fiesta como el Orgullo le encantaba, y subirse a una carroza le parecía otra juerga más que uno debía correrse una vez en la vida. Pero al ver el entusiasmo de Ricardo y el mío, ella había llegado a la conclusión de que mi amigo y yo íbamos, una vez en la vorágine del desfile, a pasar de ella y que se iba a ver rodeada de gays y lesbianas en estado de frenesí, y con sus amigos a su puta bola. Así que se había caído del plan. Otro año, cuando para nosotros ya no fuera primicia, quizás…

Pero claro, nosotros como maricas presumidas ¡no podíamos renunciar a semejante oportunidad!

Sobre el desfile del Orgullo se puede hablar largo y tendido, a favor o en contra. Y lo cierto es que para los que lo conocemos desde dentro, sabemos que hay un poco de todo, y quizás mucho de algunas cosas. Pero tanto si estás a favor como en contra, todos coincidimos en una cosa: lo que llega por la tele a las casas es solo una idea.

(Foto: 2014_06_08_PedroMata_orgullo (4) / Autor: Fotomovimiento / Fuente: Flickr)

 

¿Cómo intenta encajar la mentalidad de nuestros padres la imagen de un tío en tanga ataviado con plumas y subido en una carroza, con la de su dulce retoño que come tranquilamente sentado en su salón?

Quizás Punset pueda dar una teoría (o evidencias científicas) de cómo se retuerce el cerebro sobre sí mismo para crear una nueva imagen capaz de ser asimilada por padres y madres sin que se les fundan los plomos. Pero una cosa está clara, ese proceso es lento y delicado. ¡Cuántos padres no se habrán quedado pillados en el proceso!

Ricardo no lo sabía, pero acababa de provocar un shock importante en la masa cerebral de mi señora madre.

La miré. Al verla parpadear un poco ida temí que le fuera a dar hasta un ictus cerebral.

“Es solo una carroza de propaganda de una discoteca muy conocida”, me apresuré a decir, “algo así como en la que va Alaska, la cantante”.

(Foto: Alaska / Autor: Gustavo Marin / Fuente: Flickr)

 

Ricardo hizo amago de protestar y le di una patada por debajo de la mesa. Mi amigo me miró sin comprender nada.

“Me gusta Alaska”, murmuró mi madre, recostándose en la silla, aparentemente más tranquila.

Sabía que aludir a la imagen “serena” de la carroza en la que siempre iba Alaska, era una buena baza. A mi madre la cantante mexicana le parecía una tía que, extravagancias a parte, era inteligente y sensata. Y su carroza siempre parecía una fiesta, pero no un desfase.

Aunque la verdad era otra.

En realidad Ricardo y yo habíamos conseguido los pases en un sex-shop y la carroza estaba patrocinada por una web de contactos que distaba mucho de aquel rollo fino del eDarling. Pero eso mi madre no tenía por qué saberlo.

¡Ufff!

Hay momentos en los que te sientes como un héroe: cuando haces un chiste que hace gracia, no solo a gays, si no a heteros también; cuando te independizas, y sales de fiesta por la puerta de tu piso de alquiler sin tener que dar explicaciones a nadie; o cuando montas una estantería del IKEA siguiendo las instrucciones.

Yo, viendo a mi madre volver a coger el tenedor con el color regresando a sus mejillas, me sentí Superman.

¡Otra prueba superada!

Mi madre me miró.

“Pero… ¿vas a ir medio desnudo?”.

Ricardo volvió a adelantárseme.

“Mujer, lo que se tercie”.

 

(Foto: Orgullo gay Madrid 2008 21 / Autor: José María Mateos / Fuente: Flickr)

Je t’aime

Una de las cosas que más me gusta de aprender otro idioma es que a veces el proceso deja en evidencia aspectos de tu lengua materna que nunca antes te habías planteado.

Como el otro día.

Marta, Svetlana y yo nos habíamos montado un guateque en casa de ellas dos, bebiendo vino y hablando de lo complicados que eran los hombres que se nos cruzaban en el camino.

Una cosa nos había llevado a la otra y habíamos empezado a enseñar a Svetlana vídeos musicales de lo más cañí y “clasicazos” de la cultura pop (y no tan pop) de nuestro país.

Tanto desvariamos, que acabamos poniéndole el vídeo de Rocío Jurado en el que cantaba aquel “Como yo te amo”.

 

 

Mientras a Marta y a mí se nos ponían los pelos como escarpias al tiempo que cantábamos el estribillo sin quitar ojo de la pantalla del ordenador, el ceño de la rusa se iba arrugando.

Acabó el vídeo y nos miró.

Marta lleva meses enseñando palabras y expresiones típicas españolas a su amiga rusa, y Svetlana hacía lo mismo con su idioma a mi amiga. Pero creo que la rusa no entendía muy bien el brillo que Marta y yo teníamos en aquel instante en los ojos.

“¿Qué diferencia hay en español entre decir te quiero y te amo?”, preguntó de pronto en francés, pronunciando los dos verbos en español.

Marta y yo parpadeamos y nos miramos.

“Yo voy por más vino. Tú Fénix, apáñatelas”, me dijo mi amiga, saliendo en dirección a la cocina.

Lo cierto es que sí que era consciente de la diferencia entre una expresión y la otra. La sabía, porque a la hora de yo expresar mis sentimientos, una me fluía más que la otra. Pero nunca había tratado de analizar o clasificar esa variación entre ambas.

Pensé en el vídeo de Rocío Jurado que acabábamos de ver. Aquella expresión del amor me gustaba porque no hablaba de una relación tóxica y a la vez adictiva, como muchas otras canciones, sino que hablaba del puro sentimiento de amar a alguien.

“Verás, Svetlana, los españoles decimos te quiero en el día a día, para expresar nuestro amor. Usar te amo es como el top del amor, lo máximo, el momento más intenso de ese sentimiento. Y solo se usa en ocasiones especiales”.

Al oír aquella definición, que debo aclarar aquí es totalmente subjetiva, el ceño de Svetlana se arrugó más.

“Tú cuando estabas con tu novio, ¿qué usabas?”, aquella pregunta me dejó de piedra.

Ahora que me lo planteaba, yo no la había usado nunca. Y eso que yo de mi ex estaba enamorado hasta las trancas. Sólo una vez la palabra me había venido a la boca, pero yo la había contenido como un acto reflejo, dejando que mis labios pronunciaran en su lugar un te quiero.

Mis ojos se posaron en la imagen congelada de Rocío Jurado, ella miraba a la cámara con aquella intensidad que solo las grandes sabían transmitir. No hacía falta oír la letra para saber que estaba hablando con el alma en un puño.

¿Qué me había impedido expresar con aquel verbo mis sentimientos hacia mi ex?

Decir un te quiero era expresar algo bonito y sencillo, un sentimiento intenso, pero en cualquier caso bajo tu propio control. Decir un te amo era desnudarte, mostrar que había una parte de ti que bebía los vientos por esa otra persona, y que tú eras incapaz de controlar.

O así se me antojaba a mí. Y ese descontrol me daba miedo. Y mucho más, reconocérselo al otro.

Era como decirle: vas a poder hacer conmigo lo que quieras.

Marta apareció con una nueva botella de vino.

“Svetlana, ¿en tu país no hacen vino?”, preguntó, procediendo a descorcharla, “Que las reservas que me traje de España se nos están acabando”, añadió sonriente.

Svetlana se rió y se puso a teclear en el ordenador para buscar ella ahora un clásico ruso de los años ochenta.

“Hija, ni que en Francia no vendieran vino”, murmuré a mi amiga en español.

“Es para que se estire un poco, que esta se bebe todo lo que yo traigo cada vez que voy a España, pero luego ella no trae ná la jodía cuando va a su tierra”.

Bebí un sorbo del nuevo vino que había sacado Marta, que era un Ribera del Duero, y seguí reflexionando sobre aquello del querer y el amar. Svetlana y Marta se pusieron a hablar animadamente sobre el estilismo del vídeo que había puesto la rusa, que todo hay que decirlo, era para escribirle un blog entero.

En Francés no existe la posibilidad de usar un verbo alternativo a amar. Si quieres expresar ese sentimiento hacia una persona, sea tu padre, tu madre, tu mejor amigo o tu cari, sólo puedes recurrir a ese verbo, aimer.

Así que tienes que soltar un Je t’aime, que yo no es por nada pero siempre que lo pienso en mi cabeza suena como un jadeo, un susurro que coge impulso al apoyar la lengua en los dientes para pronunciar la t y soltar el aire como si se te fuera un trozo de la vida en ello.

 

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(Foto: Je t’aime / Autor: guylaine_lheureux / Fuente: Flickr / Nota: Esta foto ha sido modificada del original)

Y, claro, la traducción automática que un español hace de ese verbo es: amar.

Y viendo la importancia que yo le daba al mismo, el día que un francés me dijera esa frase ¡a mí se me iban a caer las bragas!

¡¡Dios, estoy deseando echarme un novio francés, coño!!

El Tonteo

El otro día pregunté a mi amigo Ricardo por Guille, el chico con el que se estaba viendo de vez en cuando desde hacía meses.

“Hace semanas que no quedamos”, respondió, mientras le observaba a través de Skype.

“¿Y entonces?”.

“¿Entonces, qué?”, se encogió de hombros, “A otra cosa, mariposa. El desinterés parece mutuo”.

“Pero, ¿uno deja de ver a su novio así, sin más?”.

“No éramos novios, Fénix, tan sólo quedábamos de vez en cuando”.

Estas cosas me descolocan. Cuando yo empecé a salir por el ambiente y se ligaba, si se quedaba varias veces, erais ipso facto novios.

Ahora ese proceso intermedio entre una noche loca y formalizar la relación parecía dilatarse indefinidamente.

Yo nunca había tenido un tonteo que durara semanas o meses. Con mi ex, quedamos un par de veces y a la tercera ya íbamos cogidos de la mano por Chueca luciendo oficialmente nuestra relación de NOVIOS. Así, en mayúsculas y con todas las letras.

 

(Foto: Couple / Autor: Kevin Dooley / Fuente: Flickr)

 

¿Qué nos llevaba ahora a alargar esa etapa difusa? ¿Era el miedo al compromiso?

“En mi caso no es eso, Fénix”, me dijo mi amigo, “es solo que no es lo mismo dejar de verte con un ligue, a tener que cortar con un novio. Lo segundo puede ser chungo de cojones. Pero, vamos, que el día que yo encuentre el hombre adecuado, yo me comprometo de cabeza”, se rió.

Me quedé pensativo.

Partiendo de la idea de mi amigo, ¿qué diferencia emocional había entre estar en la fase de “tonteo” y la de “noviazgo”?

Entiendo que si la segunda se alarga mucho, la cosa se enreda de forma natural: conoces a su mariliendre (primera prueba), luego conoces a sus amigos (segunda prueba) y, si os ha dado fuerte, conoces a su familia (la batalla con el monstruo final). Eso sin contar con iros a vivir juntos, compartir gastos, una hipoteca… Vamos, que la cosa se puede hacer compleja, y deshacer el nudo, una tarea difícil de acometer.

Pero, durante los primeros meses, cuando todavía te estás conociendo y disfrutando, ¿qué diferencia había?

“No sé, durante el tonteo es como que no pones todos los huevos en esa cesta”, Ricardo arrugó la frente, “En tu fuero interno dejas las alarmas encendidas porque sabes que de la noche a la mañana puede pasar cualquier cosa. Cuando eres novio… pues te relajas, y si sale mal, pues tienes que dar la bofetada. O peor, te la dan a ti”.

¿¿¿Ein??? ¿Cómo apostar por una relación en pareja sin darlo todo?

Siempre había imaginado que lanzarse a una relación (a ver si había suerte de tenerla), era apostar todas tus fichas a un mismo número, y cruzar los dedos. Y bien era cierto que antes de echarme novio, tuve varios intentos frustrados que dolieron…

Recordé las palabras de Ricardo sobre ligar en internet: “no te extrañe que el tipo con el que chateas, hable con otros tres al mismo tiempo”.

¿Era así la nueva realidad de las relaciones?

Yo, que cuando ligaba en un bar y echaba el ojo a uno, ya no podía mirar a ningún otro.

Yo, que me parecía de mal gusto cogerle el número de teléfono a un tipo cuando ya estaba en fase de tonteo con otro.

Yo que…

“Te tienes que soltar la melena, Fénix”, me dijo Ricardo, al ver mi cara. “No te rayes. Relájate y disfruta”.

“Es que no tengo muy claro si yo voy a disfrutar así”.

Ricardo chasqueó la lengua mientras se encogía de hombros.

Sabía lo que quería decir. Me iba a tocar descubrir la respuesta sobre el terreno.

Pero no me convencía…

Aunque la tendencia predominante fuera la que me describía Ricardo, no me gustaba la idea de dejarme absorber por esa corriente. No tenía claro que me fuera a llevar a buen puerto.

Lo que me iba a tocar descubrir sobre el terreno era si se podía ir contracorriente y conseguir lo que uno siempre había deseado.

Y yo, por si no te ha quedado claro ya en este blog, querido lector, soy muy cabezota 😉

 

(Foto: Power / Autor: Michal Svec / Fuente: Flickr)

 

Solo había un pequeño detalle en mi planteamiento. Para intentar ir contracorriente, había que tener claro hacia dónde se quería ir.

Y yo… ¿tengo algo claro?

 

(Foto de pase de diapositivas: Couple / Autor: mrhayata / Fuente: Flickr)

Badoo

(Foto: Badoo Ice Sculpture / Autor: Scott Beale / Fuente: Flickr)

Que recién abierto tu perfil en Badoo (u otra red social), te avasallen a mensajes los tíos, es chachipiruli juanpelotillas.

Te hace sentir que has vuelto al terreno de juego. ¡Y a lo grande!

Tres días después, tu popularidad cae en picado y te das cuentas de que has dejado de ser carne fresca y tu foto de perfil no la visita ya ni el tato.

De los pocos que habían mostrado interés por mi perfil, seleccioné unos cuantos que me parecían aceptables (según mi criterio y filtros, ojo), para ser mis víctimas.

Digo víctimas, porque conociendo mi ortografía en francés, los pobres iban a sangrar por los ojos.

Pierre me pareció simpático, aunque tuve que atajarle, porque no dejaba de usar abreviaciones tipo mensaje de texto conmigo por el chat y me volvía loco tratando de descifrar los significados:

Que si bon we; que si mgn; que si mdr; que si pdr

Se suponía que él tenía 35 y yo 28, pero tratando de descifrar aquellos códigos yo no hacía más que sentirme como un padre recibiendo sms de su hijo adolescente.

Háblame clarito, coño.

Y tras unos días de charleta simpática, llegó el primer gran paso: intercambiar el número de teléfono.

Para alguien tan alejado de las redes sociales actuales como yo, ese hecho era como decirle la dirección de mi casa.

“Exagerado”, me dijo Ricardo, “Dáselo y ya está. Lo máximo que puede hacer es darte la chapa por teléfono. Y si es el caso, le bloqueas y santaspascuas”.

Deduje que Ricardo ya tenía el culo pelado de tanto dar su móvil por ahí, así que seguí la voz de la experiencia.

Era grato recibir mensajes de Pierre a lo largo del día.

Cuando hacía el descanso en el trabajo a media mañana, mirar el móvil y ver un texto suyo preguntándome qué tal, me animaba; o cuando antes de dormir tenía un “buenas noches”… Ains, se me había olvidado lo que era tener a una persona pendiente de ti, realmente interesado, más allá de la amistad.

La sonrisa boba se me instalaba cada dos por tres en la cara.

Y no, no era que estuviera enamorado, ojo. Que yo a Pierre apenas le conocía. Pero volvía a sentir ilusión, y aquello era una puta maravilla.

“Cuidado con los sms o los whatsapps”, me advirtió un día Ricardo. “A veces te dejas llevar por la emoción y dices cosas de las que luego te puedes arrepentir”. Se mostró serio y firme mirándome por Skype. “Recuerda que si no le conoces personalmente, puede ser que la realidad no te agrade tanto como tus fantasías”.

Ricardo se mostraba suspicaz ante las conversaciones largas por sms. Y yo, que era la primera vez después de años que tenía una con un tío que podría ser un posible ligue, no entendía muy bien a qué se refería mi amigo. ¡Yo estaba disfrutando sin hacer nada malo!

Hasta que, claro, la realidad llama a tu puerta.

“¿Me has echado de menos?”, aquella frase, escrita en francés en el mensaje original, me llegaba después de dos días sin noticias de Pierre.

Miré el mensaje con los ojos abiertos como platos e hiperventilando.

Vamos a ver, sí que había pensado “vaya, no tengo noticias de Pierre”, pero tanto como echarle de menos…

Supe al instante que a aquellos sms era a los que se refería Ricardo.

Si respondía un “no”, sería borde que te cagas. Pero si respondía un “sí”, igual estaba dando a entender cosas que no eran. Que yo a Pierre le había visto en un par de fotos y eran fotos de esas en las que no se le veía especialmente bien.

La respuesta a aquella pregunta requería de una frase elaborada que no dijera un no sin decir un sí. Que si construirla en español ya me iba a costar, en francés ya ni te cuento.

“Siempre está guay recibir noticias tuyas”, dije, tras confirmar con Julien que esa frase traducida al francés significaba exactamente lo mismo que en español.

La respuesta de Pierre fue un emoticono sonriente.

Respiré aliviado. Prueba superada.

“Bueno, ¿y qué tal estás?”, le pregunté, para volver a arrancar la conversación y dejar atrás el bache.

O.O

De este mensaje hace ya tres semanas. ¿A ti te ha respondido? ¡Pues a mí tampoco!

 

 

(Foto: The Eye Phone / Autor: Lee Morley / Fuente: Flickr)

“Es normal, Fénix”, me decía Ricardo. “En la red las cosas funcionan así. Mientras estás hablando con uno, puede cruzársele algo más interesante e ir tras ello, dejando todo lo demás a medias”.

“Gracias, tu explicación acaba de dejar mi autoestima por los suelos”.

“Fénix, estas cosas no deberían herir tu autoestima… porque te las van a hacer a decenas. Te hagan lo que te hagan por internet, mantén tu autoestima siempre fuerte. Es la única forma de sobrevivir”.

Sobrevivir.

De pronto la red ya no era un mundo tan maravilloso por explorar…

En pocos años hemos pasado de cortejar a la persona que te interesaba yendo a verla a su casa, para luego pasarte horas hablando por teléfono, y ahora mandándote mensajitos de todo tipo. Y claro, antes cuando se perdía el interés, pues dejabas de pasar por delante de su puerta; más tarde, en la era “teléfono”, no la llamabas; y ahora en la época “internet” sólo era necesario no contestar a sus mensajes.

Está claro que para el que “deja”, esa evolución en el cortejo está llena de beneficios. Es más fácil cerrar una pestaña de un navegador que sortear esa calle toda tu vida. Y eso sin hablar de la oportunidad de cortejar a diez personas a la vez desde el sofá de tu casa.

Pero, para los que somos “dejados”, ¿qué beneficios trae dicha evolución? ¿No hemos abierto la caja de Pandora y ahora nos van a joder pero bien?

¿Hemos llegado a tal punto de infravalorar al otro que nos importen una mierda sus sentimientos?

Claro, que todo esto lo digo desde la rabia del despecho. ¡Joder! Y eso que no estaba enamorada.

“En realidad esto te pasa por listo”, me dijo Ricardo, “Que sea la última vez que das coba a un tío sin tener realmente claro qué quieres con en él”.

Y me tuve que callar.

De mano en mano II

(Foto: Free College Pathology Student Sleeping Creative Commons / Autor: Pink Sherbet Photography / Fuente: Flickr)

“Déme esa carta, señor Jiménez”. La voz del profesor tronó en la clase y todos nos quedamos quietos. Hasta Carlos, con las manos en la masa, se quedó parado, con los ojos bien abiertos y la carta a medio abrir entre sus manos.

El profesor no se lo pensó dos veces y se acercó con decisión al pupitre de mi compañero, tendiéndole la mano.

“Déme la carta”.

“No estoy haciendo nada malo”, se defendió el otro.

“Lo que quiera que sea ese papel le está distrayendo de mi clase, así que démelo”.

Contuve el aliento. Que la carta cayera en manos de mi profesor me pareció un atisbo de esperanza.

Carlos vaciló.

“O me la da ahora, o sus padres recibirán hoy una llamada desde La Dirección del centro”.

El profe de inglés era, de largo, el profe menos enrollado del insti.

Carlos dejó caer los hombros y le dio el sobre abierto.

Seguí el papel con la mirada.

De pronto que mi profesor de inglés poseyera la carta que iba dirigida a Pablo y firmada por mí, cuando acababa de mencionar a La Dirección, no me pareció buena idea. Un momento, ¿la había firmado?

¿Qué hacían en el instituto cuando se enteraban de que un chico era gay? ¿Te mandaban a la psicóloga? ¿O sólo se planteaban qué aseos podías usar?

Dios, ¿y si llamaban a mis padres? No quise ni imaginarlo…

El profesor dejó la carta sobre su mesa. La miré desde la lejanía como si fuera un tesoro inalcanzable.

Luego, él procedió a terminar la explicación y mandarnos los ejercicios.

Mis compañeros estaban inclinados sobre los cuadernos, traduciendo frases, mientras yo era incapaz de concentrarme. Todo el rato se me iban los ojos hacia la mesa del profesor, donde él corregía exámenes de otra clase. La carta, silenciosa a su lado.

Marta se volvió y me sorprendió mirando al profe.

“¿Qué tiene esa carta?”, me susurró, arrugando la nariz.

“Nada”, me apresuré a contestar.

“Ya, por eso no la quitas ojo”, enarcó una ceja, dejando claro que no estaba convencida, y se volvió hacia adelante.

Fue entonces cuando el profesor dejó los exámenes a un lado y se recostó tranquilo en la silla. Sus ojos pasearon por las primeras filas de alumnos y, satisfecho, se relajó. Entonces, su mirada se posó en la carta. La cogió y, al ver que estaba abierta, echó un vistazo dentro.

“Disculpe, esa carta es privada”. Era yo, que me había puesto en pie como si se me fuera la vida en ello.

¡Dios, es que se me iba la vida en ello!

Mi profesor me miró, sorprendido. Marta se había girado de nuevo hacia mí, ojiplática.

“A ver si me entero”, dijo mi maestro, “¿esta carta es suya o del señor Jiménez?”

Toda la clase se volvió a mí.

¡Al cuerno!, pensé.

“Es…”

“Mía”, dijo Carlos, y se volvió a mí, sonriéndome con superioridad. “¿Por qué no la lee y salimos de dudas?”, añadió mi compañero, que miraba desafiante al profesor.

El maestro miró el sobre abierto. Parecía sopesarlo en su mano como si hacerlo fuera a darle la respuesta más conveniente a la pregunta.

“Eso, profe, léala”, dijo alguien.

“Carlos no ha escrito una carta en su vida”, dijo otro, burlándose.

“Qué sabrás tú”, se defendió el otro.

“Silencio”, ordenó el profesor.

Yo me senté, acobardado.

Y entonces mi profesor sacó la carta del sobre. La desplegó y vi cómo sus ojos recorrían las líneas escritas a mano.

Si mi clase no estuviera en un primero, tirarme por la ventana me habría parecido una buena opción.

Una sonrisa divertida se dibujó en los labios de mi maestro. Nos miró a todos y se animó a recitar la carta para toda la clase:

 

Somos amigos,

Somos compañeros,

Pasamos tanto tiempo juntos que he comenzado a verte ya como algo más.

Y quiero que sepas que no quiero reprimir esa sensación ni un minuto más.

Es difícil expresar abiertamente este sentimiento, cuando tengo tantos miedos. Por eso sólo se me ha ocurrido hacerlo así, por escrito, cuando he podido abrirme en la soledad de mi cuarto, en esta intimidad en la que me siento a salvo.

Pablo, tú me gustas, y me gustaría saber si yo te gusto a ti.

 

Mi profesor terminó de leer la carta y nos miró a Carlos y a mí con suficiencia. A mi lado creí ver a Pablo mirarme con el rostro desencajado.

“Esa carta no es mía, eh, profe”, se apresuró a responder Carlos, “que yo se la he quitado a Pablo, que se la había quitado antes a Fénix”.

De nuevo todos los ojos existentes en la clase clavados en mí.

Alguien susurró un “qué fuerte”, y oí una risita por otro lado. Pero era incapaz de girarme. Me había quedado paralizado.

Muerto.

Entonces, Marta se levantó y dijo:

“La carta es mía. Le he pedido esta mañana a Fénix que se la diera a Pablo a la salida, porque me daba vergüenza dársela yo en persona”.

Vi la expresión de Pablo relajarse.

Y yo noté la sangre volver a correrme por las venas.

Mi cuello, salvado.

La carta, perdida.

Pero como los sentimientos perduran, una semana después, ¿a que no sabéis quién fue el listo que escribió otra carta a Pablo?

 

Pero a lo que iba. Así es como terminó por forjarse mi amistad con Marta. Lo que pasó después, conmigo muerto por los huesos de Pablo y Pablo convencido de que Marta estaba enamorada de él, ya es otra historia… 😉

De mano en mano I

Mucha gente me pregunta por qué Marta y yo somos amigos. Me cuesta creer que haya gente que no lo entienda ya, aunque reconozco que mi amiga puede tener un carácter de mil demonios en ocasiones y eso les plantee dudas.

Para los incrédulos, y por amor a mi amiga, ha llegado el momento de contar aquel momento histórico en mi vida en el que nuestra amistad se forjó para siempre.

Ocurrió hace ya más de diez años…

 

Escribir una carta de amor siempre es un tema delicado. Escribirla con la intención de entregarla, una prueba de valentía. Pero escribirla yo, que soy un chico, con la idea de dársela al chico que me gustaba en clase, podía calificarse de suicidio teniendo en cuenta la sociedad reinante hace poco más de diez años.

Que parece que no, pero la cosa ha cambiado mucho.

Sí, aquella idea de estar aproximándome a un abismo era algo que con apenas dieciséis años me presionaba el pecho, pero un impulso irrefrenable me empujó a escribir; la necesidad de exorcizar aquél fuego de mi pecho me animó a guardar la carta en un sobre; y hecho un manojo de nervios, me fui al instituto como un día cualquiera, con el firme propósito de hacer la entrega.

 

(Foto: Lettres de Lou / Autor: Arslan / Fuente: Flickr)

 

Siempre he pensado que los chicos somos torpes al expresarnos con las palabras. Pero a veces los sentimientos hacen una fuerza inconcebible por salir. Y cuando eres un adolescente en plena ebullición de hormonas, por muchos carteles de neón que te avisen del peligro… tú vas de cabeza.

O así iba yo.

Si tuviera que evaluar el nivel de homofobia en mi clase por aquel entonces, diría que era de nivel medio. Lo normal, vaya. Algún comentario despectivo por aquí; un insulto a algún compañero afeminado por allá… No había homosexuales abiertamente reconocidos en mi instituto, y estaba claro que el primero en salir (o ser sacado) del armario, cargaría con toda la que hubiera.

Yo no había dicho a nadie que era gay, y la idea de que se corriera la voz en el instituto me dejaba helado.

De camino a clase, aquella mañana, la alerta sobre los peligros hizo que me detuve en seco.

De pronto la carta cerrada que llevaba entre los libros, en la mochila, me parecía nitroglicerina.

Los miedos, esos carteles de neón que te avisan, resplandecían en mi cabeza con fuerza.

Pero luego visualicé la cara de Pablo, mi compañero, y esas luces se fueron apagando hasta que sólo quedó él en mi mente.

Nunca había sentido eso por nadie: mi corazón se desbocaba, mis ojos se quedaban prendados a cada gesto que hacía, y no dejaba de imaginar veladas románticas con él en la intimidad. Y si ya me miraba y sonreía…

Visualizar su sonrisa me tranquilizó. O quizás me dio el chute de hormonas suficiente para hacer que me pusiera en camino con renovadas energías y llevar a cabo mi propósito.

Al terminar las clases, Pablo y yo volvíamos todos los días un tramo a solas a casa, juntos. Ese era mi momento elegido para darle la carta. Intuía, o quería intuir, que Pablo podía sentir algo hacia mí, y en el nefasto caso de no sentirlo, el cariño como amigo que me profesaba seguro que le haría guardar el secreto sobre mis sentimientos y mi sexualidad…

Cuando entré en clase, el profe aún no había hecho su aparición y estaba el alboroto de siempre.

Carlos Jiménez, el malote de la clase, ya había encontrado a su víctima de hoy y estaba metiéndose con uno de los empollones sobre su vestimenta, con aquella sonrisa socarrona suya y sus miradas de menosprecio.

Marta me saludó desde su sitio, sonriente. Fui directo hacia ella, saludando a otros compañeros y esquivando a Carlos. Lo mejor era no entrar en su ángulo de visión y pasar desapercibido. Por ahora había tenido suerte y en lo que iba de curso no me había tocado ningún día ser su objetivo.

“Se rumorea que la de mates va a poner hoy un examen sorpresa”, me soltó mi amiga abriendo mucho los ojos mientras yo dejaba la mochila enganchada en el respaldo de mi silla y tomaba asiento.

“No me jodas”.

“Como te lo cuento”. Ella estaba una fila de mesas delante de mí, pero había desarrollado una habilidad extraordinaria para girarse cada dos por tres y hablar conmigo como si tal cosa.

Marta y yo nos conocíamos desde hacía dos años que íbamos a clase juntos. Y la verdad, ella era la única verdadera amiga que tenía en aquella clase de garrulos.

Oí un hola a mi derecha y vi que Pablo tomaba asiento en su sitio, contiguo al mío. Nos separaba un pequeño pasillo que los profes nos obligaban a guardar entre mesas para no copiar en los exámenes.

Sonreí al verle e hice un esfuerzo por no parecer excesivamente bobalicón al responderle.

Pablo no era el más guay de la clase. Quizás tampoco el más guapo. Y mucho menos el más aplicado. Pero había cosas en él que a mí me parecían de una perfección tal, que me sorprendía que el resto de mis compañeros no las vieran: la forma de arrugarse la comisura de sus labios al reírse; el brillo que irradiaban sus ojos negros cuando se le ocurría una idea brillante; el ligero brinco que pegaban sus orejas cuando se le ocurría una travesura…

Marta chasqueó los dedos delante de mí.

“Oye, qué te estoy hablando”, se quejó.

Su mirada fue de mí hacia el objeto de mi ensimismada observación. Y justo cuando se volvió de nuevo a mí con lo que parecía el ceño fruncido, entró el profesor, cerrando la puerta y poniéndonos a todos firmes.

Me volví para sacar el libro de inglés de la mochila mientras el profesor decía que iba a seguir con la explicación de ayer y se ponía a escribir en la pizarra, de espaldas a nosotros.

La habilidad de volverse en la silla que Marta había perfeccionado hasta parecer una gimnasta profesional, no era algo que yo pudiera hacer con semejante soltura. Abrí la cremallera y tiré del libro con torpeza. Oí un papel caer al suelo y deslizarse sobre la superficie sucia. Y vi mi carta detenerse en seco en la pata de la silla de mi compañero.

El ligero toque no pasó desapercibido para Pablo, que se volvió curioso y miró hacia el suelo para ver qué había golpeado su silla.

Hice amago de levantarme de la silla a toda prisa para cogerla, pero él ya había echado mano al suelo y la tomaba entre sus dedos.

Di gracias a Dios por haber cerrado el sobre con saliva.

“¿Y esta carta?”, me miró.

“Nada, cosas mías”.

El corazón me latía desbocado en el pecho, pero no por ver a Pablo, sino por ver mi carta al descubierto en sus manos. Ahí no, pensé, en mitad de la clase no, por favor.

La respuesta no pareció convencerle y sus orejas dieron un brinco.

“Ah, ¿sí?”, me miró, risueño.

Empecé a ponerme nervioso. Eché la silla hacia atrás y antes de que pudiera ponerme en pie, Pablo ya había echado su brazo atrás para dejar la carta lejos de mi alcance.

“¿Qué es? ¿Una carta de amor para tu amiguita Marta?”, se burló, divertido.

Marta se volvió al oír su nombre.

“¿Qué dice éste?”, dijo, arrugando la nariz y mirándole con desdén.

Miré al profesor. Seguía concentrado en escribir las frases en inglés en la pizarra.

Y justo cuando iba a ponerme en pie y tratar de forcejear lo que tuviera que forcejear para hacerme con la carta, mis ojos se fijaron en el rostro sonriente de Pablo, luego en su mano estirada hacia atrás, sujetándola, y más allá, el rostro curioso de Carlos posando sus ojos en el sobre.

No hizo falta más. Eché la silla atrás con un sonoro chirrido y me abalancé sobre la carta. Pero Carlos fue más rápido y antes de que ni Pablo se diera cuenta, ya se la había arrebatado de la mano con un rápido gesto y volvía a su sitio, con una sonrisa victoriosa… y malévola.

Ante el ruido de mi silla, el profesor se volvió.

“Señor Carrier, ¿se puede saber qué hace de pie?”.

Me quedé estático.

“Nada”, tomé asiento, hecho un manojo de nervios.

El profesor me miró. Luego miró a Carlos, entrecerrando los ojos, pero sin ver nada extraño en su comportamiento. Y volvió a la pizarra.

Miré a Carlos, que sonrió y me mostró la carta que se había guardado en el bolsillo del pantalón vaquero. La sacó y comenzó a ver la forma de abrirla y leer su contenido.

“Hey, devuélvele la carta a Fénix”. Era Pablo, que al ver que el juego había llegado a manos de Carlos, trataba de echarme un cable.

El otro negó con la cabeza y nos miró, desafiante.

Pablo se volvió a mí y se encogió de hombros. Sabía qué significaba aquello. Éramos amigos, pero no tan amigos. No iba a hacer más por recuperar mi carta.

Sentí algo resquebrajarse en mi pecho, y a la vez oí el sonido áspero del sobre al ser rajado por Carlos para ver su contenido