Fénix Carrier

T2-18- Ricardo – La muerte de George Michael

Dar una mala noticia a un amigo sabe mal. Dársela a Fénix, tan inocente y frágil en algunas ocasiones, duele más.

 

Ocurrió de la forma más tonta, como siempre. Estábamos en casa y teníamos puesto en la tele HIT TV. De pronto echaron un videoclip de George Michael en la época de Wham!: Wake me up before you go-go.

«Hace meses oí que iba a sacar un nuevo disco», dijo de pronto Fénix, tumbado en el sofá, frente a mí. «Estará ya al caer», se frotó las manos, contento.

Parpadeé, atónito.

«Eh… Fénix… ¿No te has enterado?».

Me miró.

«¿De qué?».

«George Michael murió las navidades pasadas».

Fue como si le hubiera dado un balonazo en el estómago. Se echó las manos a la boca.

«¿En serio?».

Al ver mi cara, supo que no bromeaba.

«¿Y me lo sueltas así?».

Salió y oí que comenzaba a prepararse algo en la cocina.

«¿Estás bien?», le grité.

«Sí. Voy a prepararme una tila», dijo.

«¿Cómo has podido no enterarte? La noticia corrió como la pólvora…».

«No sé, entre las navidades y la vuelta de Francia he estado desconectado de todo…»

Su tono de voz era apagado.

Se me olvidaba que Fénix era un fan incondicional del artista (tanto como para defender que An Easier Affair y White Light eran unos temazos incomprendidos).

“Qué fuerte… Dentro de poco ya no nos quedarán dioses de los años 80”, murmuró, con los ojos vidriosos apareciendo en el umbral del salón, tila en mano.

Era cierto, si ya fue un shock que se marchara Michael Jackson hacía unos años, que de repente cayeran Prince y George Michael de carrerilla hacía temer lo peor acerca del futuro de Madonna.

Y sin más, Fénix se recluyó el resto del día en su cuarto con un revival de Jorge Miguel, haciendo un repaso al primer disco del artista: Faith.

Cada vez que me asomaba al pasillo oía Monkey, Hard day o I want your sex, pero mi amigo parecía subir el volumen cuando llegaban Father Figure, Kissing a fool o One more try.

Le dejé tranquilo en su duelo. Entendía perfectamente qué sentía: hay cierta gente famosa que la conocemos de toda la vida por las noticias y sus espectáculos, forman parte de nuestra memoria. Así que el día que se van, parece que algo de tu vida se va con ellos. Si encima eres un fan de sus canciones y de la figura del artista en sí, sientes que uno de tus referentes en la vida se te acaba de escapar de entre las manos.

Fénix no es que siguiera a pies juntillas a George Michael y su estilo de vida un tanto fuera de los consumos estándar, por lo que se leía por ahí, pero se sabía sus canciones de memoria.

A media tarde, coincidimos en el salón.

“¿Has visto mi cargador del móvil?”, me preguntaba, mientras revolvía los cojines de los sofás, buscando hasta debajo de las piedras.

Negué con la cabeza.

“Pensaba que no ibas a salir de tu cuarto ya jamás”, bromeé.

“Solo he salido a por el cargador”.

“El Tinder se come toda la batería, ¿eh?”, no hizo caso a mi gracieta. Encontró lo que buscaba y desapareció por el pasillo, encerrándose en su habitación. Oí que sonaba Hand to mouth un instante, hasta que al cerrar la puerta el sonido quedó amortiguado.

Me pregunté hasta qué punto los artistas forman parte de nuestra vida, y hasta dónde era coherente que llegara nuestro duelo por ellos.

Entonces me acordé.

Me levanté y fui hasta la habitación de Fénix, llamando suavemente con los nudillos.

“Dime”.

Me sorprendió que no dijera un “Entra”, así que me quedé parado en las sombras del pasillo.

“¿Tú no tenías una cita esta noche?”, pregunté, más que nada por si se le había olvidado.

“No me apetece ir”.

Mi amigo llevaba ilusionado con la cita toda la semana (su primera cita de Tinder). Quizás la muerte de su ídolo le había trastocado, pero dejar que le influyera tanto en su día a día me pareció excesivo.

Aún así, me mordí la lengua. Cada uno vive el duelo a su manera.

Volví al salón y seguí haciendo mis cosas.

A mí también me gustaba George Michael, y también sentía un pena extraña en mi pecho, un ramalazo de cariño hacia esa persona tan desconocida y, a la vez, tan presente en nuestras vidas. Pero en mi fuero interno ese sentimiento me parecía ridículo. ¿Podía acaso llorar por alguien que no sabía quién era yo, alguien que no había hecho nada por mí?

De pronto, la puerta de la habitación de Fénix se abrió y mi amigo apareció en el salón, cargado con su portátil, y se sentó en el otro sofá.

«Lo flipo con la gente en internet», me dijo. «Se me ha ocurrido buscar noticias en internet y pone alguien que está triste en un comentario porque se le ha muerto un ídolo y otros le comentan diciendo que qué paridas dice, ni que hubiera sido un familiar suyo… ¿La gente por qué se tiene que meter en la vida de los demás? Cada uno echamos de menos a quien nos da la gana…»

Estaba enfadado, dolido… y triste.

“¿Sabes”, añadió de pronto, «Nunca olvidaré que tú me regalaste su primer álbum», me miró, sonriente.

«Ah, ¿sí?», parpadeé. No tengo memoria para ese tipo de cosas.

“Por un cumpleaños. Cuando te enteraste de que no conocía a George Michael me echaste la bronca, y unos meses después te presentaste con el cd en mi cumple…». Abrió la unidad de cd del ordenador y me enseñó el disco. Era de color azul oscuro-morado y en letras doradas se leía Faith.

Me eché a reír. No me acordaba de aquella anécdota ya. Fénix, siempre haciendo gala de sus conocimientos en música popular al poco de conocernos (allá por la época en la que echaban los Teletubbies en la tele), había dejado patente que desde el 93 en adelante era un as, pero en sabiduría de los 80 hacía aguas.

“Tú fuiste quien me descubriste a este pedazo de artista”, dijo, todavía sonriente. Recordar aquello parecía devolverle la alegría.

Y yo me quedé sin palabras. Mi amigo tenía grabado a fuego aquellos recuerdos. Yo, sin saberlo, le había abierto la puerta para conocer al que luego sería uno de sus ídolos en esa capilla que él albergaba en forma de carpeta en un cajón, en la que figuraban George Michael, Madonna, Kylie, Las Spice, TLC y las Desntiny’s Child.

Supongo que aveces las personas ayudamos a otros sin saberlo.

Y entonces me di cuenta de que estaba equivocado en lo que había pensado anteriormente. Yo, como esos trols de internet que parecían vivir para meterse con los sentimientos de las personas que los expresaban en internet, había censurado la tristeza de mi amigo, tildándola de excesiva, cuando en realidad quizás estaba más que justificada.

La música nos acompaña, a veces pone banda sonora a nuestro día a día, otras tantas, nos anima en nuestras noches de fiesta… Y otras muchas, cuando nos da el bajón, la musica es nuestro pequeño salvavidas: esa letra que parece entenderte, esa melodía que parece expresar sin palabras lo que tú sientes…

Lo mismo ocurría con libros, pinturas, películas… que conseguían hacerse un hueco en nuestro corazón.

No creo que haya alguien en el mundo que jamás haya echado mano de una obra para acompañar su estado de ánimo, o para animarse tras un mal día y volver a levantarse…

Y es que a veces un artista, sin conocerte, te ayuda más que gente que conoces de toda la vida.

“¿Tienes Spotify en el ordenador?”, le pregunté a Fénix. Él me miró, como reacio a darle al stop a su cd de George Michael.

Le apremié a que me lo dejara y lo tomé en mis manos. Con dedos diestros hice una rápida búsqueda y le di a reproducir. Al instante sonó Flawless (Go to the city).

«Creo que esta canción la compuso para ti, para un día como hoy», le guiñé un ojo, devolviéndole el ordenador.

Él miraba la pantalla, escuchando la canción.

And it’s no good waiting by the window

Y no es bueno esperar en la ventana

it’s not good waiting for the sun

no es bueno esperar por el sol

Please, believe me, the things you dream of

Por favor, créeme, las cosas que sueñas

they don’t fall in the lap of no-one

no caen en el regazo de nadie

And it’s not good… waiting… waiting…

y no es bueno… esperar… esperar…

And it’s not good… waiting yeah!

y no es bueno, esperar ¡yeah!

You’ve got to go to the city!

¡Tienes que ir a la ciudad!

 

Fénix alzó la mirada y me sonrió abiertamente. De pronto salió del salón y se perdió en su habitación. Canción tras canción de George Michael le oí ir de acá para allá, del dormitorio al baño, del baño al dormitorio; que si el secador, que si el frasco del desodorante que se le caía y rodaba por el suelo…

Cuando apagó el ordenador y la casa quedó de pronto en silencio, salía por el pasillo ya vestido y arreglado.

Le miré. Estaba deslumbrante: se había puesto sus vaqueros más rotos y una camiseta suelta, y había rescatado de su baúl de abalorios el pendiente con la cruz cristiana en plata que George Michael popularizara en los 80.

¿Vas de George Michael o de Fruela?, bromeé.

No dijo nada. Miró su reloj de pulsera.

“No sé si volveré para la cena», me dijo.

Yo le sonreí, pícaro.

“Suerte, golfa”.

Él me guiñó un ojo.

Le vi salir por la puerta, y me di cuenta de que en mi cabeza, no dejaba de sonar Faith, de George Michael.

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