Fénix Carrier

T2-27 – Fénix – Sexo, tsunamis y corsés

Que Ricardo haya conocido a un tipo en el supermercado y se hayan ido a casa de él para tener sexo, me ha parecido sorprendente. Claro que lo veo así porque para mí sería casi inimaginable irme a casa con un desconocido que veo entre los estantes de los yogures y el queso fresco. Digo casi porque todos sabemos que hay momentos en los que la gente no te parece tan desconocida cuando la conoces… No sé si me entendéis.

Yendo a comprar yo esta mañana, es cierto que he visto con renovado interés eso de hacer los recados. Pero no porque ya de por sí me aburriera ir a comprar, que me sigue aburriendo, sino porque la historia de Ricardo me volvía a dar esperanzas. ¡Cabía la posibilidad de encontrar el amor fuera de las apps!

Y aquello no tenía precio.

Vale, sí, él había encontrado sexo. Pero si él encontraba sexo, ¿quién me decía a mí que no encontraría yo el amor?

Así que, con un modelito casual adecuado, pero nada de chándal y chanclas, me presenté raudo en el súper mi siguiente día de compra.

Es verdad que quizás no me había dado cuenta de la cantidad de miradas que se le pueden cruzar a uno por los pasillos. Y no miradas de arriba abajo de “mira qué pintas me lleva este”. No, hablo de miradas que te observan a los ojos directamente, como buscando hacer conexión.

¡Esto era mejor que un match en Tinder!

No sabía si iba a poder concentrarme en la compra de lo nervioso que estaba.

Quizás a alguien le sorprenda eso de poder encontrar pareja en el súper. O quizás le sorprenda que a mí me cause tanto alboroto.

Hay gente que liga en los bares de copas, que tiene esa vena de cazador, que disfruta del placer de buscar con la mirada, encontrar la forma de entrarle a uno en la pista de baile…

Hay otros que se desenvuelven mejor en las apps. Saben tocar las teclas adecuadas. Que quizás con cruzar un par de frases ya saben si estás a punto de caramelo, o si deben huir de ti de lo desesperadamente que buscas un novio al que echarle el lazo.

Fuera de esos ámbitos, en mi cabeza parecía que todo quedaba en manos de la casualidad. De la providencia. De la conjunción astral adecuada. De eso de estar en el lugar y en el momento adecuado… que solo se veía en las películas.

El sexo, que siempre es más violento que el amor. Violento en el sentido de salvaje, de apasionado, de impetuoso. Parecía ir abriendo puertas y dejando caminos abiertos para que a posteriori, los que no llevábamos ese ímpetu de primeras, pudiéramos explorar y ver qué había.

Quizás el descaro del sexo había roto ciertas barreras en las formas, en lo apropiado para cada ocasión: había irrumpido en el supermercado con esa desvergüenza suya, o de aquellos que no se avergüenzan de ser maricones y buscar abiertamente y de forma sana el placer del sexo. Alguien, un primer lanzado, como todo en la vida, no se resistiría a la tentación de tirarle los trastos a otra persona frente a las estanterías repletas de latas de conservas, y ese entendimiento hizo click y abrió las puertas.

No era que el supermercado fuera ahora los baños públicos de Avenida de América, en los que entras y de lo observado que te sientes te das media vuelta y te piras, incómodo. No. Era como en esos bares de copas de ambiente, en los que uno se siente seguro y puede mostrar su interés por otro sin miedo a que le acusen de maricón, o a que la otra persona se ofenda. Porque el super está en pleno Chueca y aquí ya nadie se puede asustar por interactuar con maricas.

Aquello era lo que debían sentir los heteros cuando iban por la vida, ¿no?

Ir al super, ver a una persona que les gustaba y poder insinuarse, guiñarle un ojo, sonreírle, entablar conversación sin miedo. Nadie les va a tirar una piedra, así que no saben qué es ese sudor frío que te puede recorrer la espalda al mostrar abiertamente tu interés por alguien fuera de Chueca.

Y no solo en el súper, en la playa, visitando a tus abuelos en el pueblo y ver que al lado han alquilado la casa rural y hay alguien que te gusta…

Que Ricardo hubiera conocido a un tipo de forma tan natural en el súper evidenciaba que los gays ya no estábamos encorsetados a los lugares de ambiente o las apps para conocer a otros tíos, fuera buscando sexo o pareja.

Y aquella liberación, como le supondría en su momento a la mujer quitarse el corsé y volver a respirar aire a pleno pulmón, era magnífica. Un cambio radical de perspectiva. Una multiplicación incalculable de opciones y oportunidades de encontrar pareja.

¡Sí!

Y no sólo de eso. El encuentro casual de Ricardo hablaba de más cosas que de sexo o amor. Hablaba de un poso básico: el poder expresarte abiertamente. La ausencia de miedos.

Quizás mucha gente leyendo estas líneas solo seguirá viendo una cosa: que mi mejor amigo conoció a otro marica en el súper y los dos se fueron a follar, confirmando la promiscuidad homosexual de la que tanto se habla.

Pero puede que para esos no esté hecho este blog… O quizás es para ellos expresamente para quienes va dirigido. No lo sé.

Solo tengo una cosa clara.

Para los que han visto caerse una barrera y esperan que poco a poco ese tsunami que va expandiendo la libertad por el resto de calles, campos y pueblos, llegue hasta su orilla, sí. Para vosotros sí es este blog.

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