Fénix Carrier

T2-28 – Fénix – El puesto en el Universo

Apoyé resignado las bolsas de la compra en la encimera de la cocina.

“Esto es una mierda”, dije, resoplando por la nariz.

Ricardo, que estaba preparándose la comida, dejó de partir cebolla y me miró.

“¿Qué ha pasado?”

“Nada. Pues que llevo semanas yendo al súper y viendo a ver si algún tipo se me acerca a hablar y nada. ¿Tú cómo lo hiciste?”

Ricardo sonrió de medio lado.

“Cuanto más te obceques, peor. Relájate y el día menos pensado…”

Puse los ojos en blanco.

No se lo quise decir a mi amigo, pero estaba hasta el cuerno de ser positivo, de tener esperanzas, de pensar que tarde o temprano la vida me concedería lo que me merezco…

Quería volver a saborear aquello de ser lo más importante en la vida de alguien (a parte de para mis padres, claro).

Quería compartir risas, caricias, besos…

Quería estar toda la tarde acurrucado en el sofá, abrazados.

¡Dios, ya no me acordaba ni de qué se sentía!

“Pero es que no lo entiendo”, seguí quejándome mientras guardaba las cosas en la nevera. “Yo miro, y miro, y remiro. Y nada. Los tíos que me gustan o no me miran, o parecen confundidos”.

Ricardo se rió.

“Voy a hacer un poco de carne en salsa. ¿Quieres que te haga un poco y comemos juntos?”

“Ay, te lo agradecería…”

Como respuesta Ricardo asintió y siguió picando cebolla.

“Solo pido que se me acerque uno y me hable”, proseguí, dejando caer los hombros y apoyándome de espaldas en la encimera, al lado de mi amigo.

“Háblales tú”.

“¿Yo? Uy, no, no, no. Yo soy más de que me entren”.

“Así vamos mal”, Ricardo retorció el morro.

“Va contra mi naturaleza acercarme a un tío e insinuarme yo de primeras. Y menos en un supermercado. No me han enseñado esa lección. Sería como ponerme al volante de un camión sin haber tomado clases de conducir…”, argüí.

“Bueno, que ninguno hemos nacido sabiendo, eh”, Ricardo me miró, severo. “No seas comodón. Además, no vale eso de: no es que a mí no me sale entrarle a alguien…, no es que yo…”, puso voz burlona y me miró, guiñándome el ojo. “Ya conoces el terreno de juego y un poco cómo van las reglas”, prosiguió, sin cesar de picar cebolla. “Ahora debes aceptar el puesto en el que te ha colocado el universo”.

“¿Ein? ¿Qué puesto?”

“Pues El Puesto. Llevas semanas viendo que algo no marcha. Bueno, semanas… ¡años! jajaja”.

Le miré, atónito.

“Ojo, que eres tú el que se queja de no mojar desde hace siglos”, se defendió mi amigo, alzando las manos como si aquello fuera un atraco. “La cosa es que llevas… un dilatado tiempo actuando como a ti, por tu naturaleza, te sale actuar, ¿no?”

“Sí”.

“Lo que digo es que quizás por error el universo te puso en una posición en la que actuar como tu naturaleza te pide, no te va a dar nunca resultado”.

“Soy todo oídos”.

“Volviendo al supermercado como terreno de juego”, continuó mi amigo, “quizás en tu fuero interno eres un portero maravilloso, pero el universo te ha dejado caer en un sitio en el que la única forma de jugar y ganar es haciendo de delantero”.

Le miré, sin comprender. Como hiciera un poco más complejo el símil usando el fútbol, había altas probabilidades de que yo no me enterara de nada.

“Un ejemplo muy simple: yo, cuando todavía iba de hetero, no conseguía ligar con tías. La gente me decía que cómo es que no ligaba con chicas con lo guapete que era. Quizás era que las chicas sabían oler a un gay reprimido a kilómetros de distancia, no sé. Lo que sí sé es que el día que me liberé, entrando en un garito de ambiente y vi a tantos tíos mirándome, interesados, supe que aquel era mi puesto en el universo”.

Siguió picando cebolla.

“Quizás tú debas averiguar qué aire desprendes. Qué espera de ti el entorno de juego, en lugar de pensar qué esperas tú de él. Quizás piensas que no vales más que para ser portero, y un día pruebas a ser delantero y descubres que eso es verdaderamente para lo que has nacido”.

Me miró, sonriente. esperando mi reacción.

“O sea, ¿me dices que pruebe a ser más activo?”

“¿Te imaginas que ahora tu destino es ser activo exclusivo?”, se burló.

“Eso sería un fallo de Matrix o algo así”.

Pero me quedé pensativo.

Bromas aparte, ¿tendría mi amigo razón?

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