Fénix Carrier

T2-36 – Fénix – El Oráculo

Dos citas del Tinder al traste, semanas de comprar en el súper y no conseguir ni un hola de algún interesado, añadido a una semana de curro soberanamente mala, me habían dejado fulminado. Así que mi domingo libre me desperté con la firme propuesta de disfrutarlo a mi ritmo.

Preparé un cafecito y me dispuse a abrir mi nuevo paquete de galletas. Son tipo Lu, esas rectangulares que llevan una onza de fino chocolate encima, pero esta vez las he encontrado de la marca Día, que en vez de tener dibujitos, tienen letras, y son más baratas. ¡Y de chocolate negro!

“Buenos días”, Ricardo entró en la cocina cuando todavía luchaba con abrir el lateral de la caja. “Ayer no te animaste a salir con Marta y conmigo”, me dijo, echando un vistazo a ver si subía el café en la cafetera, “¿Podré robarte un poco de café?”.

Asentí, mientras se me resbalaba por enésima vez la caja.

“Estaba cansado”.

Podría haber añadido que sin un duro, pero preferí ocultar mis miserias.

“Volvimos pronto, te habría venido bien salir y que te diera el aire”.

“Necesitaba dormir”.

“No mientas, seguro que te quedaste hasta tarde viendo porno”, me miró, burlón.

“Uno necesita relajarse…”.

“¿Pero estás de bajón o algo?”.

“No he tenido una buena semana… Pero hoy me he despertado con renovadas energías”, dije, apretando el puño en alto. “Después de una mala semana, solo puede venir una buena”, argumenté.

“Me gusta que siempre seas tan optimista”.

Sus ojos se fijaron en mis dedos tratando de abrir el paquete.

“¿Quieres que te ayude?”.

Le tendí el paquete y él lo cogió con dedos diestros y lo abrió a la primera. Sin mediar palabra abrió la caja y sacó por el lateral el paquete de galletas: cuatro montoncitos apilados, en sus respectivos compartimentos en hilera, envueltos en fino plástico transparente.

Al mirar las galletas, Ricardo alzó las cejas y parpadeó atónito.

“¿Qué pasa?”.

Me mostró la parte frontal del paquete. Las cuatro galletas superiores de cada montoncito mostrando su letra mayúscula en relieve sobre el chocolate negro, formando una palabra:

PUTA.

“No sé si es una extraña coincidencia o que alguien en la fábrica de galletas tiene muy mala leche”, dije, todavía boquiabierto, cogiendo el paquete en mis manos. “Me llega a salir esto a mí al abrir el paquete y esto me remata”, añadí, sin apartar la vista de las galletas.

Ricardo soltó otra risita.

“El paquete de galletas es tuyo”.

“Ya”, me encogí de hombros, “pero te ha salido a ti”.

Vi que Ricardo miraba las galletas y se quedaba pensativo.

“Igual es un oráculo”, dijo, luego me miró y se echó a reír.

“Tú no eres una puta”, dije, en su defensa.

Él se quedó pensativo.

“En realidad la palabra puta tiene múltiples significados en la calle. Me refiero fuera de lo estricto de la RAE. Y estoy seguro de que para muchos encajaré en su definición de esa palabra”.

Me sorprendí porque pensaba como mi amigo. El término puta no era ya solo un insulto o una forma de referirse a mujeres que cobraban por sus servicios sexuales. Solo bastaba con enrollarse con dos tipos diferentes en menos de una semana y que personas de tu alrededor lo supieran, para que alguna lengua bífida te asignara la palabra.

Y sí, dadas las prácticas de mi amigo, le habrían metido en ese saco.

Pensar eso me dolió un poco.

“En realidad puta ya no tiene el mismo peso que antes”, siguió diciendo Ricardo, ahora con aire más despreocupado, “quizás los maricas la hemos hecho mutar poco a poco, como hemos ido haciendo con otras partes del léxico…”. Me miró, sonriente. “Quizás hasta el punto de que la tilden a una de puta puede ser incluso bueno”, y me guiñó un ojo.

Yo no pude evitar echarme a reír.

“Además”, Ricardo se había puesto de pie y señalaba al paquete de galletas, “¡el Oráculo ha hablado! ¡Alabado sea el Oráculo!”, exclamó, levantando los brazos al cielo.

Me reí con ganas.

“Pues tengo otro paquete de galletas sin abrir guardado en el armario”, anuncié.

Y a mi amigo se le iluminó el rostro.

«¡Este lo abres tú y a ver qué te dice!».

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