“Algo me pasa”.
Ricardo me escuchaba atentamente al otro lado del teléfono.
“¿Qué te ocurre?”
“No sé… ya no me siento como antes…”
“¿Como antes de qué?”
“Como antes de lo del hermano de Marta”.
Ricardo guardó silencio.
“Me siento raro”.
“Fénix, explícate mejor”.
“Ay, no sé… Es que estoy un poco desorientado… Estos últimos años tratando de afianzar mi vida en Toulouse con cierto empeño, y ese suceso ha sido como si me despegaran los pies del suelo. Como si yo no fuera más que una pegatina de quita y pon en esta vida que me he montado en Francia…”
“Parece que tú solo te respondes”.
Exhalé un suspiro.
“Pero no puedo dejar aquí sola a Marta…”
Ricardo no dijo nada durante un instante.
“A mí también me ha afectado lo del hermano de Marta”, dijo al fin. “Me he dado cuenta de que estoy desperdiciando mi vida”.
Abrí los ojos como platos.
“¿Tanto?”
“Sí, pero ya lo hablaremos en otro momento”, dijo. “Ahora, dime tú qué piensas hacer”.
Me hundí en el sofá.
“Nada… No voy a dejar a Marta sola… Ya se me pasará, no te preocupes”