Fénix Carrier

T2-6 – Fénix – La revolución sexual 2

“Se acabó el ser una mojigata y hacer todo lo “correcto”, me había dicho Ricardo. Le oía andar por la calle con su habitual paso acelerado mientras yo veía llover por el cristal del salón. Nos separaban mil kilómetros de distancia, pero conversábamos como si nos viéramos todos los días.

“Tanto guardar mi flor para dárselo a alguien especial… Es una bobada”, prosiguió. “Tanto reprimir nuestros instintos, tanto renunciar al placer por esperar a “eso” tan especial… Y un día coges el coche y ¡zas! todo al garete”. Hizo una pausa, quizás para recobrar aliento en su discurso. “Voy a disfrutar la vida a tope, Fénix, empezando por el sexo”.

Yo no decía nada. Solo le escuchaba.

Los dos éramos conscientes de que ahí afuera había un mundo de sensaciones.

El sexo, desde aquella época franquista en la que muchos de nuestros abuelos lo practicaban con la luz apagada, se había expandido hasta limites insospechados. Estaba seguro de que había prácticas sexuales habituales para algunos que yo desconocía y que mi imaginación no alcanzaba a recrear.

Y el planteamiento de mi amigo era bien claro: el sexo era placer. Si estaba ahí afuera, al alcance de la mano, y encima nos gustaba, ¿qué nos retenía a hacerlo?

“Es esta puta cultura cristiana-católica-apostólica”, dijo Ricardo. Me lo podía imaginar haciendo sus típicos aspavientos. “Nos sorbieron el cerebro de pequeños”.

Ricardo y yo pertenecemos a una generación de madrileños en la que los padres, los domingos, como no había nada para hacer (ni dinero tampoco), nos llevaban por la mañana a la misa de 11, la de los niños. Tengo algún recuerdo agradable de estar tocando las palmas entonando alguna canción junto a mis amigos del barrio, sumido en el mogollón de la iglesia llena de chicos y chicas de todas las edades. Pero ese recuerdo “agradable”, está cubierto de una nube oscura. Porque ahora me doy cuenta de que no cantaba canciones que sintiera, ni estaba allí porque hubiera querido ir. Cantaba lo que me decían que cantara, y estaba allí porque me habían llevado. Y no dejo de tener la sensación de que el mensaje que me transmitían (concretamente el cura con el micrófono y luego en las letras de las canciones), me lo estaban metiendo doblado en la cabeza con la excusa de estar pasando un rato agradable con chicos de mi edad.

Pero la cultura que ha amueblado nuestra cabeza de semejante forma no estaba solo en la iglesia, sino por todos lados: las series de televisión, las películas, la cultura social que se arrastraba desde años atrás. Y eso que mis padres eran “modernos”. O quizás modernos moderados.

La cuestión era, ¿podíamos quitarnos esa cultura de encima, cuando veíamos que no era la que queríamos? ¿Se puede deslavar un cerebro que lleva tres décadas siendo lavado por la sociedad?

“¿No dices nada?”, me preguntó de pronto Ricardo. Caí en la cuenta de que él había seguido hablando y yo me había distraído con mis propias reflexiones.

“Yo… no sé qué decir”, me incorporé en el sofá, alerta. “Es una elección personal”, me aventuré a decir.

“Ya lo sé, y soy yo el que elijo. Estoy decidido y satisfecho con la decisión…”

“¿Entonces?”

Sentí que vacilaba, que había dejado de caminar rápido para detenerse y pensar, o pararse y centrarse en la conversación.

Por fin habló.

“Eh… Verás, eres la única persona a la que le puedo contar esto… Esperaba que me dijeras algo como que te parecía bien, que adelante… No sé…”, exhaló un suspiro.

Me le imaginé en cualquier esquina de Madrid, entre la marea de peatones, serio, esperando al teléfono.

Quizás alguien, al escucharle, podría pensar que no era más que otro treintañero inmaduro e inseguro al que había que decirle si hacía bien las cosas o no. Habría quien, incluso, le viera con un aire patético y pusiera los ojos en blanco al pasar a su lado.

Pero lo cierto era que Ricardo no necesitaba que nadie le diera luz verde. No necesitaba el visto bueno de nadie. Ricardo era un gato que podía mostrarse dócil en tu casa, pero al que no se le podía mandar ni cortar la libertad, porque se revelaría con uñas y dientes.

Aquella imagen me hizo gracia y solté una risita. Luego, añadí:

“No te agobies, churri. Hagas lo que hagas, decidas lo que decidas, yo te voy a querer igual”.

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