Ocurrió en diciembre, justo antes de venirnos a Madrid para celebrar la Navidad con nuestras familias.
Para celebrar las fiestas con nuestros amigos de Toulouse, decidimos organizar una velada. Marta se lo dijo a Svetlana y Svetlana a sus amigas, y Matilda, la francesa, se vino arriba y dijo de hacerlo en su casa. A nosotros nos daba igual, y ella nos dejaba invitar a Cyril, Jullien y los compañeros de trabajo, así que guay.
El sábado por la noche, allá que nos fuimos.
Resultó que Matilda vivía en una casita a las afueras de Toulouse, en una calle residencial de suave pendiente. Marta y yo entramos boquiabiertos en aquella pequeña y coqueta casa. Las mujeres francesas tienen algo muy característico, y es que saben hacer cualquier rincón que tocan hogareño y acogedor. Y aquella casa era todo eso, sin resultar cursi.
“Joder, yo me quedaba aquí a vivir, cari”, susurró Marta, nada más entrar por la puerta.
“Y yo”.
Dejamos en la cocina los aperitivos que habíamos traído y las botellas de vino y fuimos al salón donde la gente que había ido llegando ya charlaba sentada en los sofás, junto a la ¡dios mío hay chimenea!
“Matilda tiene una casa perfecta”, dije.
Marta retorció el morro.
“No puede ser todo tan perfecto. Seguro que tiene un cadáver enterrado en el jardín de atrás”.
Lo cierto era que Matilda distaba mucho de ser una solterona amargada que no se teñía las canas y se movía por la vida con cierta mirada desquiciada.
Todo lo contrario. Morena, de rasgos sencillos y unas gafas redondas que le daban un aire intelectual, a mí se me antojaba la típica mujer francesa, de cabeza bien amueblada, pero de profunda humanidad. Seguro que trabajaba en una buena empresa con un cargo de responsabilidad, y en sus vacaciones se iba de ayuda humanitaria a Lesbos.
Svetlana nos anunció que ya de paso en la fiesta íbamos a despedir a Kareen y Kate, las amigas alemana e inglesa, respectivamente, que regresaban a su país.
“¿Se les ha acabado el trabajo aquí?”, pregunté. Vi que Marta también la observaba, expectante.
Svetlana me miró, extrañada.
“No, se vuelven porque quieren”.
Marta parpadeó, sorprendida, y se fue a por una copa de vino.
La fiesta se iba volviendo cada vez más entretenida. Sin desfases, porque aquella acogedora casa invitaba a sentirse a gusto, pero no a desbocarse y correr el riesgo de romper algo. Todo el mundo hablábamos con todo el mundo, moviéndonos de un grupo a otro, Marta por su lado, yo por el mío, cruzándome con Jullien, con tal, con cual, viendo a Cyril mirar embobado a Svetlana…
La velada estaba guay. Sin embargo una idea seguía rondando mi mente.
Miré la fiesta, desde un rincón junto a una antigua librería de madera que, seguramente, Matilda habría restaurado con sus propias manos.
Todos los asistentes eran simpáticos, cordiales, y hacían un esfuerzo por hablar unos con otros. Allí nos congregábamos franceses, españoles, rusos, italianos, británicos, alemanes, marroquíes, una chilena, un venezolano…
Me gustaba aquel ambiente. Saberme en él me hacía sentir abierto de mente, liberado de prejuicios culturales… Me sentía como una esponja que no hacía más que absorber enriquecimientos humanos.
Porque allí la gente hablaba de política, de fútbol, de salidas en bicicleta, pero también de experiencias aquí y allá, de viajes a lugares de origen y diferencias culturales. Y era genial ver esas ganas de entenderse brillando en los ojos de todos.
Quizás la luz del fuego de la chimenea ayudaba a embellecerlo todo.
Pero también me daba cuenta de que esa belleza era efímera.
Cogí mi copa de vino y salí al porche que daba al jardín. Hacía frío, pero no me importó. El calor de la chimenea había dejado mis orejas ardiendo y eso, añadido al vino, me tenía embotado.
Me apoyé en la balaustrada de piedra y observé las luces del centro de Toulouse, que se extendían frente a mí, al pie de la colina.
Desde allí podía ver con claridad el Pont Neuf, las luces de colores que lo adornaban se reflejaban sobre el agua tranquilla de la Garonne. Más allá, Saint Pierre y la cúpula del Antiguo Orfanato. A la derecha, el alto campanario de Saint Sernin.
La gente no veía preciosa a esta ciudad. Algunos pasaban por ella y no veían nada que les cautivase o se les quedara grabado a fuego en la retina. No era París, ni Lyon. No tenía una catedral gótica impresionante ni nada por el estilo. Era llana y sencilla, como su belleza. Pero tenía una cosa, pensé, y es que era una ciudad que se dejaba vivirla. Bullía de vida todos los meses del año y te acogía con los brazos abiertos en cuanto ponías un pie en ella. Toulouse no se te grababa en la retina, se te grababa en el corazón.
Me recordaba a Madrid…
Tras de mí se abrió la puerta del porche.
“Estás aquí, cari, ¿te pasa algo?”.
Era Marta, que salía visiblemente encogida de frío.
“No, solo me apetecía tomar el aire”.
Se apoyó en la barandilla también y sus ojos se perdieron en las vistas nocturnas.
“Qué pasada”, susurró.
Yo guardé silencio.
“Dame un poco de vino, cari, para entrar en calor, que me he dejado mi copa dentro”.
Se la tendí y ella bebió sin dejar de mirar hacia las luces de la ciudad.
“Marta, me quiero volver a Madrid”.
Ella dejó la copa en la barandilla. Sus ojos perdidos en las luces de colores del casco viejo, de la Garonna reflejando a la ciudad en sus aguas oscuras. Respiró hondo.
“Yo también, cari”.