Fénix Carrier

T2-14 – Ricardo – El nuevo deporte nacional

¿Puede realmente importarnos un pepino lo que diga la gente?

Pensaba que con la edad eso importaría cada vez menos, pero hay cosas que siguen importando tanto o más como al principio.

Quizás con los años hemos aprendido a despegarnos de las miradas curiosas de vecinos con los que no tienes mucho trato; de las miradas desaprobadoras del tendero del barrio; nos resbala incluso que un primo segundo pueda echar una mirada maliciosa a tal o cual foto en Facebook.

Sí, yo eso lo he conseguido con la edad.

Pero de ese círculo social hacia adentro… quedaba mucho por hacer.

Desde aquella conversación con Fénix en la cocina sobre saunas y prejuicios sociales, no había dejado de darle vueltas al tema.

¿En qué liga quería jugar yo? ¿La de ligar por la noche o vía app con un tío, y tener sexo? O, ¿la de ir a lugares de cuising, saunas o cuartos oscuros?

Y ahí me topaba con mis propios prejuicios, que me bloqueaban.

Abrí la botella de vino blanco y serví en los dos vasos. Fénix al verme con ella en la mano me había preguntado si celebrábamos algo, pero le dije que no hacía falta una ocasión especial para disfrutar de un buen vino de oferta del Día.

La realidad era que tenía ganas de que se me soltara la lengua y aquello ayudaría.

“Fénix, ¿quién sería la persona que más te daría vergüenza que descubriera tu más oscuro secreto”.

Cenábamos los dos solos, en aquella extraña soledad de tener el piso a medio amueblar, a la espera de los otros dos inquilinos.

“Pues no sé…” se quedó pensativo, como rebuscando su secreto más íntimo. “Creo que mi madre…” se lo pensó mejor, “y mi padre también… Ah, y mi abuela la madre de mi madre… Bueno, ir a trabajar todos los días con compañeros que lo supieran, tampoco me molaría”.

Arrugó la nariz y se llevó un trozo de pescado a la boca.

“¿Y tú?”, me preguntó, con la boca llena. “¿Esto tiene algo que ver con aquello de la sauna?”

“Sí. Sigo dándole vueltas a todo eso del qué dirán. No se puede disfrutar del sexo sin que la gente varíe la opinión que tienen de mí… Y eso me da rabia. ¿Por qué follar de tal o cual manera influye?”

Fénix se encogió de hombros.

“Lo cierto es que yo no quiero saber si uno u otro tiene sexo de tal o cual manera”, dijo, y siguió comiendo.

“Follar es un acto natural”, reflexioné en voz alta, “es como el comer. Nadie se asusta porque comas una u otra cosa. Es comer y ya está. Nadie pone pegas, nadie se abre los ojos como platos”.

“No sé si un ovo-lacteo-vegetariano coincide con eso que acabas de decir, Ricardo”.

Di un buen trago a mi vaso.

“La clave es: ¿por qué follar sigue siendo un tema tan tabú?”

“Es que tener sexo es algo priv…”

“No, Fénix, no. No digas sexo. Llámalo por su nombre. No seas cauteloso, no te dejes llevar por esta sociedad puritana. Dilo”, le miré, expectante.

Mi amigo me observaba, boquiabierto.

“Follar”, dijo. Y lo cierto era que en su boca no me sonaba mal.

“Pues eso, FOLLAR. ¿Qué problema hay con FOLLAR?”

Di otro trago de vino.

“Yo iba a decir que…”, comenzó Fénix.

“FOLLAR…”, le interrumpí yo, y me quedé reflexionando sobre ello un instante. “Hasta la palabra suena violenta. ¿Has usado alguna vez esa palabra hablando con tus padres?”

“Uy, no, ¡dios me libre!”, esta vez fue Fénix quien dio un largo trago a su vino.

“Sexo, follar, felación, mamada, enculada, penetración, follada, eyaculación, corrida…”, me vine arriba. “Joder, ¿por qué la gente no deja de inmiscuirse en la vida de los demás? Esa forma de joder no parece levantar tantas miradas críticas, ¡coño!”.

“Es que ese es el deporte nacional”.

“Pues quizás ha llegado el momento de cambiarlo, y que sea otro deporte el rey”, alcé mi copa. “Brindemos, ¡por el nuevo deporte nacional!”

Fénix se rió y alzó su copa también.

“¡Eso! ¡Por el sexo!”, dijo, chocando mi copa.

“Nooooo. Por el sexo, no. ¡Por FOLLAR, con todas las letras!”

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