Fénix Carrier

T2-1 – Fénix – El final del verano

Llamaron a Marta al teléfono. Era su padre con voz queda. Enrique, el hermano de Marta, había tenido un accidente de coche y estaba en la UCI… no tenía muchas esperanzas de vida, y su padre apremiaba a Marta para que bajara a verle y, si llegaba a tiempo, despedirse.

Pedí los días que me quedaban por disfrutar de vacaciones, y Marta y yo bajamos en coche esa misma tarde desde Toulouse a Madrid.

Yo no entré en el hospital. Solo esperé afuera, en la sala, para ver salir a mi amiga, pálida, con ojeras, ausente… Me puse en pie y la abracé. De pronto se derrumbó en mis brazos, rompiendo a llorar desconsoladamente.

El entierro fue dos días después. Era finales de verano, pero la mañana se presentó respetuosamente fresca. Mi familia también asistió y trató de arropar en lo posible a los padres de Marta. Yo no dejaba de llorar, y más cuando veía a mi amiga destrozada. Ricardo, a mi lado, observaba todo como ausente. No lloraba, pero parpadeaba como si no creyera lo que estaba pasando.

Julien estaba cerca. Su presencia de pronto allí, para acompañar a Marta en un día tan duro, no hacía más que aumentar la adoración que sentía por ese hombre. Tampoco lloraba, y mostraba una entereza férrea.

Mi madre me miró, y vi en sus ojos el terror ante la sola idea de perder su único hijo.

Y así despedimos el verano de 2015…

Días después, Marta y yo regresamos a Francia. Yo conducía mientras mi amiga mantenía la vista perdida al frente.

“Sé que no te encuentras bien”, dije, rompiendo el silencio que nos acompañaba todo el viaje, “pero quizás te venga bien hablar…”

Marta me miró, parpadeó y asintió. Luego volvió la vista a la ventanilla, con aire ausente.

Kilómetros de silencio.

Yo guardé silencio y seguí atento a la conducción.

“Mi hermano estaba ahorrando para comprarse un BMW”, dijo de pronto.

Yo no sabía qué decir.

“Rojo. No recuerdo qué modelo exacto era… Me enseñaba fotos cada vez que nos veíamos. Mi madre decía que estaba obsesionado”, se encogió de hombros e hizo un amago de risa, “Él decía que era el sueño de su vida: tener un BMW rojo último modelo”.

Cayó en un nuevo silencio.

“¿Tú tienes un sueño, Fénix?”

No sé qué me dejo más mudo, si la pregunta o que no me llamara cari.

“El sueño de mi vida es encontrar el amor”, conseguí decir al fin.

Silencio.

“Dicho así, en voz alta, ha sonado un poco ridículo, ¿no?”, me reí, nervioso.

“No. Ningún sueño es ridículo”, dijo. Luego, silencio.

Tamborileé los dedos sobre el volante y levanté las cejas.

“¿Tú no tienes un sueño?”, me animé a preguntar.

“Mi sueño era no limitarme a ser una mujer florero, siendo mantenida por un tío y no hacer más que criar a una prole desagradecida, que consumiera los mejores años de mi vida”.

Abrí los ojos como platos.

“Puedo dar fe de que vas por buen camino”.

“Eso no es un sueño, cari”, se revolvió en el asiento y me miró. “Un sueño debe ser algo grande, positivo, iluminador. Debe ser algo a alcanzar. No algo de lo que huir…”

Guardé silencio de nuevo. No entendía muy bien qué había de iluminador en querer un coche rojo, y no quería ofender la memoria de Enrique preguntándolo en voz alta. Y tampoco tenía muy claro que yo pudiera presumir de sueño a alcanzar. La gente decía que el amor era un invento de la edad media, una visión demasiado romántica de las relaciones humanas de pareja, y eso me hacía sentir un poco tonto aveces.

“Mi hermano tenía un sueño y se ha ido sin poder alcanzarlo. Yo no tengo ningún sueño y aquí sigo…”

“Eso que acabas de decir no me ha gustado… Es un pensamiento feo”, la miré, severo. “Yo también siento la muerte de tu hermano, pero no digas eso”.

Volví la vista al frente y caímos de nuevo en otro silencio raro.

Al rato, me di cuenta de que las lágrimas brillaban en las mejillas de mi amiga.

Aparté la mano del volante y tomé la suya, apoyada sobre el muslo. Le di un apretón.

“Tranquila”.

No pude decir más.

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