Las personas siempre tenemos que estar buscando nuevos horizontes. Siempre deseando algo más.
Habrá gente que lo vea como una especie de inconformismo ansioso, de necesidad de cubrir carencias buscadas. Una vorágine en la que el ritmo de la sociedad occidental, el consumismo, nos ha metido y no podemos salir.
Habrá quién se haya desprendido de esa cadena y se sienta liberado, quizás vendiendo todas sus pertenencias y yéndose a vivir a una casa a Menorca.
Pero allí descubrirá que cada mañana para levantarse, necesitará una motivación, y esa motivación será la idea de alcanzar “algo”.
De pronto, vivir en Menorca a lo hippy no se diferencia tanto de vivir en Manhattan a lo Carrie.
Todos necesitamos una razón para levantarnos cada mañana.
No voy a rechazar que habrá gente más conformista frente a otra más inconformista. Igual que los habrá quienes se enfocan hacia necesidades más trascendentales, humanas o comprometidas, y quienes lo harán hacia necesidades frívolas.
Yo peco un poco de todo. Sí, quiero encontrar el equilibrio emocional, pero también me muero por conseguir el último modelo de iPhone.
Por eso entendía bien a Marta.
Lo curioso era que nunca había imaginado que Marta careciera de sueños, metas u objetivos.
La veía siempre tan decidida, tan segura, tan satisfecha.
Era como que estaba viviendo la vida que quería vivir… ¿qué más se podía pedir?
Pero, claro, olvidaba un principio básico. Todos necesitamos algo que nos motive a levantarnos por la mañana e ir a trabajar.
“Ahorrar para irnos de viaje a Croacia o a Ibiza no me motiva en exceso”, me había dicho ella, un día de pasada.
Tenía un buen trabajo, al contrario que yo, se podía permitir ese tipo de viajes sin problemas.
Entonces, ¿qué motivaba a una chica de treinta años?
“A mí se me ocurren 6 cosas”, me dijo Jullian, que había venido a visitarme a casa.
En realidad había venido a preguntarme qué tal estaba Marta, y ya nos habíamos puesto a hablar de ella y se me había escapado la duda existencial que rondaba a mi amiga.
“¿Cuáles?”
Comenzó a enumerar con los dedos:
“El amor”.
Negué con la cabeza.
“El trabajo”.
Volví a negar.
“El dinero”.
Negación.
“La salud”.
Marta estaba como una rosa.
“El físico”.
Arrugué la nariz.
“No veo que ninguna de esas sea una motivación que pueda animar a Marta cada mañana”, dije. Quería echar una mano a mi amiga a encontrar algo que la devolviera la ilusión, pero no veía que ella pudiera encontrar motivación en nada de todo aquello.
“Pues solo queda la última”, dijo Jullien.
“¿Cuál?”.
“La maternidad”.
Abrí los ojos como platos.