Después de mi truculenta historia con aquel tipo casado, no sé si me volveré a enamorar otra vez.
Sí, ya sé que esto es algo que no se puede controlar, que pasa y te da sin más, pero lo cierto es que aquella historia me ha dejado huella. Huella en forma de nada, un vacío en mi interior.
No tengo ganas de seguir buscando el amor.
O quizás es solo que he perdido las esperanzas.
No lo sé.
Y luego está la muerte de Enrique…
Me sorprende ver que mis amigos no se dan cuenta de lo que ha dejado en evidencia este hecho.
¿Qué estamos haciendo con nuestras vidas?
Nos levantamos para ir a trabajar a un sitio que no nos gusta para luego pasarnos el resto de nuestra vida, ese tiempo libre del que tanto presumimos, buscando con ahínco EL AMOR.
Y el amor quizás no existe.
Así que, ¡a la mierda todo!
Bueno, a la mierda “todo”. Sí, entre comillas, porque no voy a dejarlo todo para irme a meditar a la india o coger una moto e irme a recorrer Sudamérica a la aventura.
Yo quiero seguir viviendo en Madrid, salir de fiesta con los amigos y comprarme lo último de Fred Perry si es posible.
Lo que se acabó es lo de anteponer el amor a disfrutar de la vida.
Sí, porque yo soy, o era, mejor dicho, de los que pensaban que para encontrar el amor uno debía cumplir unas normas.
Claro, uno no va a encontrar a su príncipe azul si todos los potenciales príncipes azules de ahí afuera piensan de uno que es una golfa, ligera de cascos o, lo peor, piensan que te has tirado a medio Chueca.
Y, por supuesto, en pos del amor, renuncias a liberar tu libido apostando por esa imagen moderna, de chico que tiene citas y, si cae, folla, pero no de golfa, que no voy a uno por noche. Esa fina línea entre la mojigata aburrida de “no me acuesto contigo si no vas en serio”, que dudo que alguien la quiera ya, y la de “si me besas estás chupando la polla a medio Madrid”.
Ahora, desposeído por completo de esperanzas de cara al amor, o sin ganas de ello (no sé muy bien lo que me pasa), esa parafernalia, ese postureo, pierde sentido.
Al cuerno el vender una imagen cuidada. Total, hasta cierto punto era irreal. El deseo latía por dentro. Me habría gustado tirarme a 200 tíos y no a los pocos que me habré follado. Así que la imagen de chico “bien”, era falsa.
Ha llegado el momento de liberar mis instintos, liberarme yo mismo, mi yo más profundo y sincero.
Y disfrutar la vida.
Que si algo nos ha enseñado lo que le ha ocurrido a Enrique, el hermano de Marta, es que mañana podemos estar muertos.
Muertos.
Y solo habremos disfrutado de lo que hallamos vivido hasta ese mismo día.